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sábado, 9 de junio de 2012

UNA NUEVA JOYA DE LA LITERATURA TESTIMONIAL DEL HOLOCAUSTO NAVARRO.


La publicación en estos últimos días de la autobiografía de Gerardo Guerra bajo el título Memorias de un campesino republicano. Caparroso 1936 (Pamiela, Pamplona, 2012) nos descubre una nueva joya de la literatura testimonial del holocausto padecido por los sectores que se situaron a lo largo del periodo republicano en frente de los partidos (carlistas, cedistas de Unión Navarra y falangistas) que apoyaron el golpe militar de julio de 1936 y ejercieron la labor de verdugos de aquéllos. Este libro se suma a otros de valía y significación parecida, publicados en años anteriores por la misma editorial, como el de Galo Vierge (Los culpables. Pamplona 1936) o el de Josefina Campos (Los fusilados de Peralta, la vuelta a casa, 1936-1978. Operación retorno). A ellos habría que añadir también el de Marino Ayerra Malditos seáis. No me avergoncé del evangelio. La autobiografía de Gerardo Guerra es completada por varios textos de presentación y contextualización de su nieto Pedro M. Monente, habiendo participado también en los entresijos de la edición Ángel García-Sanz Marcotegui, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Pública de Navarra cuya prolijísima obra ha aportado a la historiografía de nuestra tierra un caudal ingente de informaciones cuya significación debe ser indudablemente reconocida.

Lo primerísimo que llama la atención del libro que comentamos tiene que ver con su autor. A quienes, a pesar de ser todavía relativamente jóvenes, nos relacionamos en nuestra juventud estrechamente, a causa de las cohortes generacionales en las que se inscribía alguno de nuestros progenitores, con personas que vivieron directamente aquella época, siempre nos han fascinado aquellas personas que, carentes de cualquier formación, demostraron unas capacidades superlativas y que, además, contaban con una capacidad de observación y de análisis de su coetaneidad muy superior a la de la media. Gerardo Guerra no es que fuera de ese grupo de personas: si el texto muestra a las claras la altura de su habilidad narrativa, los hechos que relata son una prueba de sus capacidades intelectuales, políticas, organizativas y morales. Su figura (llegó a ser concejal en Caparroso por la candidatura republicanosocialista entre mayo de 1931 y noviembre de 1934 y desde febrero de 1936 a julio de ese año, dirigente de una de las dos sociedades agrícolas de su pueblo, responsable de UGT, corresponsal de Trabajadores y representante de los arrendatarios en el Tribunal Mixto de Fincas Rústicas de Tudela) nos recuerda un tanto a la de Eustaquio Mangado, la persona que lideró a los sectores de izquierda en Sartaguda desde 1918 y que consiguió conformar un doble frente, político-administrativo desde el ayuntamiento y sindical, tal y como narramos en el libro sobre dicha localidad del que fuímos coautores y que también publicó Pamiela..

Desde una perspectiva historiográfica son tremendamente interesantes las consideraciones que efectúa el autor sobre los problemas derivados de la puesta en cultivo de las corralizas enajenadas en el siglo XIX, así como de los terrenos comunales, en el primer tercio del siglo XX, proceso del que los máximos beneficiarios eran los campesinos con unidades de explotación medianas y grandes que disponían de medios de producción, quedando el pequeño campesinado propietarios y los jornaleros al margen del mismo. Incluso en el caso de realizarse parcelaciones universales, los campesinos más pobres terminaban cediendo tierras a los más poderosos. Gerardo Guerra da vida a los contenidos de esa conflictividad social latente o explícita según los momentos a partir de los años diez, informándonos de que a los sectores reivindicativos se les apodaba en Caparroso con el significativo nombre de mambises en referencia a los campesinos posicionados a favor de la independencia en la guerra de Cuba. Asimismo, nos da detalles de las positivas potencialidades que desarrollaron las sociedades cooperativistas gestionadas por los sectores de izquierda. También son muy a tener en cuenta las informaciones que proporciona sobre la espontaneidad de la conformación de las redes de socialización política de la conjunción republicano-socialista en abril-mayo de 1931 a partir de un viaje a Pamplona en el que conoció a dirigentes de la misma, así como las que facilita sobre las disensiones con los elementos republicanos que, andando el tiempo, se escorarían hacia la derecha en un proceso bastante silenciado pero que condicionó altamente a la izquierda en toda la Ribera desde fechas tempranas. Tampoco ahorra críticas al campesinado propietario por sus intentos de burlar la legislación laboral republicana ni a las posturas maximalistas de la CNT.

El episodio más palpitante del libro es el relativo a la huída y peregrinaje del autor por la Bardena navarra y aragonesa entre el 19 de julio de 1936 y el 2 de septiembre del mismo año, llegando a coincidir en algún momento con mil huídos por esa geografía agreste y cautivadora a la que uno tan unido ha estado en los últimos años por sus excursiones en bicicleta. A esa imposibilidad de escapar nos referimos en otra entrada de este blog. Resulta francamente emocionante leer el continuo transitar del protagonista junto con compañeros de su pueblo y otras localidades, escapando de las patrullas, sobreviviendo gracias a la caridad de algunas personas de los corrales, casetas y granjas de la zona y constatando que quienes optaban por regresar, confiados de las falsas promesas de los verdugos, eran pronta y sistemáticamente ejecutados. Él mismo cuenta cómo más de una vez fue testigo de las detonaciones de los fusilamientos que tenían lugar en el mismo marco bardenero. En aquella coyuntura fueron asesinados varios miembros de su familia, entre ellos su propio hermano, taxista en Pamplona, a manos de la retaguardia centrada en labores de vigilancia y represión y de la que tuvieron que formar parte varios cientos de personas. 

También es ciertamente atractivo el capítulo dedicados al año y medio en que Gerardo Guerra permaneció escondido en su propia casa (desde el 2 de septiembre de 1936 al 2 de noviembre de 1937), esforzándose por que no le vieran sus propios hijos, así como el centrado en la huída de Francia gracias a una red que le trasladó desde Pamplona a las ventas de Arraitz y desde donde, abandonado por los guías a causa de su mal estado de salud, consiguió llegar a duras penas a Alduides.

La última parte del libro trata de su regreso a la España republicana, de su apresamiento al final de la guerra y de su estancia de casi año y medio en la cárcel en el corredor de la muerte de la que pudo escapar gracias a las gestiones de un convecino, regresando a Caparroso en agosto de 1940.

Una obra, en definitiva, cuya lectura es altamente recomendable por cuanto a los motivos contenidos en todos los párrafos anteriores se superpone un tono de altura ética y una ausencia de acritud que desarmará a aquéllos empecinados, ochenta años después, en negarse a reconocer el sufrimiento ajeno de aquellos años.


miércoles, 23 de mayo de 2012

LAS RAZONES DE LA VARIABILIDAD LOCAL DE LA LIMPIEZA POLÍTICA EN LA RIBERA.


La variabilidad, según los pueblos, de la limpieza política en la Ribera de Navarra también ha sido comprobada en la Rioja, una región vecina en la que la represión fue, asimismo, mayor allí donde el sindicalismo agrario de clase tenía más fuerza, donde la izquierda tenía más apoyo electoral y donde más acciones colectivas de protesta había habido. Es remarcable que las localidades navarras donde la limpieza política fue más intensa, eran adyacentes o estaban relativamente próximas a las zonas riojanas en las aquélla fue mayor. En el partido judicial de Logroño se contabilizan 595 asesinados, 504 en el de Calahorra, 253 en el de Alfaro, 190 en el de Arnedo.

Gil Andrés ha insistido que en la necesidad de profundizar en el hecho de por qué en unos pueblos la violencia fue más intensa y cruel que en otros y por qué hubo, junto a quienes participaron en la represión, quienes no denunciaron a nadie e incluso ayudaron a los perseguidos. En la Rioja, según el mismo autor, “Hubo pueblos donde la estructura de la propiedad de la tierra, las divisiones sociales y los conflictos previos eran muy parecidos y, sin embargo, el grado de violencia que sufrieron sus habitantes fue muy diferente” a causa de la acción de “un factor muy importante: la actuación concreta, en cada caso, de los poderes locales”. “Hubo lugares donde las voces oportunas del alcalde nombrados por los rebeldes, del párroco local o de un terrateniente con relaciones clientelares impidieron que se cometieran asesinatos o, al menos, intentaron frenar la espiral del terror homicida mediando ante la guardia civil o los dirigentes de las milicias de requetés y falangistas”, siempre y cuando fueran “personas de reconocido prestigio dentro de la comunidad que, por supuesto, no fueran sospechosos de desafección al <<Movimiento>>”. Con todo, además de la acción de los poderes locales, no hay que olvidar que personas corrientes participaron en las purgas en una dinámica de vecinos contra vecinos, personas “normales que no representaban ni al capital, ni a los militares ni al clero”, “pequeños labradores, muchos de ellos también jornaleros”, corroborando “que la infamia, la barbarie y el crimen habitaron entre nosotros”. 

Gil Andrés, por lo tanto, diferencia un doble plano causal. Uno de ellos, serían los más estructurales o globales, citando aquí cuatro factores como explicativos de la represión: “El terror totalitario impuesto desde arriba, la existencia de conflictos sociales previos, la implicación decidida de los poderes locales en el proceso de limpieza política y la capacidad de discurso ideológico, nacionalista y religioso para movilizar a los ciudadanos corrientes, fundamentalmente a los pequeños propietarios campesinos” Más allá de ese plano, habría otro que atendería a las razones más personales: los ajustes de cuentas, las rencillas y las rivalidades personales  y familiares. Esas cuestiones privadas estarían relacionadas  “con los problemas fundamentales de las comunidades rurales, desde el control y el uso de los recursos comunales, pasando por la estructura de la propiedad de la tierra, la función social de la Iglesia, el peso de los poderes locales en un escenario de amplia movilización política y el conflicto existente entre identidades cruzadas como la clase, el género, la edad, la nación, la religión o el sentimiento de pertenencia a la comunidad, un complejo entramado de relaciones interpersonales cruzadas por el parentesco, la amistad y la vecindad” .

La colisión entre los dos planos determinó las dimensiones de la masacre. Por un lado, quienes detentaban el poder de decidir sobre la vida de las personas pudieron obligar a algunos, tal y como decía un informante riojano, a “matar y ensuciarse las manos, porque así ya no pueden volver atrás”, porque “el que tiene las manos sucias ya es más papista que el Papa, ya no se vuelve atrás” . Por otro, en una situación en que la tibieza o la pasividad están mal vistas, la colaboración con las milicias locales era un salvoconducto que “para los más significados es el camino de la promoción social y la recompensa económica; para los jóvenes, un rito de iniciación política y de integración en el colectivo de los vencedores; para la mayoría, un resguardo que limpia un pasado peligroso y pone a salvo a la familia en un entorno tan inseguro como amenazante como el de la comunidad rural”. Así, las conciencias individuales basadas en la identidad comunitaria fueron contaminadas por la propaganda, el adoctrinamiento y la disciplina, consiguiendo las invocaciones ideológicas deshumanizar al contrario, despojarle de los rasgos que lo identificaban como vecino .

En una línea similar a la de Gil Andrés para la Rioja se han manifestado otros autores como Cobo Romero para Andalucía. Para este autor, “Sin lugar a dudas, la persistente propaganda orquestada por las autoridades militares y civiles del bando rebelde, y la permanente alusión a los <<declarados enemigos de la patria>>, debieron hacer mella entre la población común. Y una innumerable multitud de individuos movidos por el miedo a sufrir represalias, por el deseo de verse reconocidos como auténticos leales a las autoridades militares recién instauradas, o por la simple satisfacción de sus deseos de venganza contra todos aquellos con los que habían sostenido frecuentes disputas de todo tipo en el conflictivo periodo histórico inmediatamente precedente, se aprestó a practicar toda suerte de delaciones. Haciendo llegar a las autoridades militares, y las fuerzas del orden público, infinidad de acusaciones particulares contra los integrantes de aquellos colectivos sociales cuya depuración, aniquilamiento o exterminio se propugnaba como objetivo inmediato. La participación en una auténtica orgía de venganza contra los identificados como <<enemigos de las esencias católicas, tradicionalistas y patrióticas>> de la nación hispana favoreció la solidificación, en el todavía confuso magma social adscrito al bando rebelde, de una informe multitud de lazos simbólicos. Contribuyendo, de esta manera, a la generación de una poderosa conciencia de pertenencia, entre todos cuantos colaboraban en las labores de exterminio y aniquilamiento de los <<antipatriotas>>, a un selecto grupo de protagonistas de una labor de profunda regeneración de la raza” .

jueves, 17 de mayo de 2012

LA VARIABILIDAD LOCAL DE LA LIMPIEZA POLÍTICA DEL 36 EN LA RIBERA.



El análisis de la intensidad de la limpieza política registrada en Navarra en la guerra civil por municipios permite otra visualización de la geografía de la misma, sobre todo al comprobarse que las apreciaciones sobre base comarcal se matizan un tanto porque, dentro de cada comarca, hubieron determinados pueblos que concentraron niveles mucho más altos que otros. Eso ocurre en Sakana con Alsasua, Ciordia y Olazagutía y también en la zona de la Ribera con los pueblos limítrofes con la Rioja, con una serie de pueblos situados al norte de las Bardenas y con varios pueblos del curso medio del Arga (Larraga, Berbinzana, Funes), a los que cabría unir Allo.

A través de una primera aproximación mediante las tasas de asesinados por cada mil habitantes de la Ribera, Sartaguda, localidad conocida como El Pueblo de las Viudas, aparece de forma destacada como el pueblo mártir por excelencia, con una tasa de 67,6 asesinados por cada mil habitantes, muy por encima del grupo de tres localidades que también sobrepasaron los 30 asesinados, Cárcar (33,1), Lodosa (31,7) y Mendavia (30,1), las tres localizadas en la misma comarca que aquélla, en la Ribera Occidental. En otras tres localidades (Funes, Azagra y Milagro, las dos primeras también englobadas dentro de aquélla, y la tercera en la colindante Ribera Central) hemos estimado niveles situados entre los 25 y los 30 asesinados, y en otras cuatro (Ribaforada, Peralta, San Adrián y Cadreita) los resultados se sitúan entre los 20 y los 25. Con todo, son los pueblos en los que el número de personas que perdieron la vida en manos de los sublevados se ubica entre los 15 y los 20 los casos más habituales: 15 localidades se encuentran en esos parámetros. Para finalizar, entre los 10 y los 15 asesinados hemos contabilizado 6 municipios; entre los 5 y los 10, se incluyen 7; y por debajo de los 5, 4.

A pesar de su significatividad inmediata, la aproximación anterior a las dimensiones de la represión franquista en la Ribera, fundamentada en las cifras de asesinados por cada mil habitantes, no es ni mucho menos perfecta. La razón es la de que el indicador utilizado no tiene en cuenta el mayor o menor volumen de población directamente represaliable existente en los diferentes pueblos. Es decir, se refiere a la población en general y no tiene en cuenta la mayor o menor presencia de gente de izquierda que era sobre la que cayó la violencia purificadora y extrema de carlistas y falangistas. Como quiera que la proporción de gentes de izquierda variaba bastante según los pueblos, ese indicador peca de una relativa tosquedad.

Si nos fijamos en las cifras máximas de votos alcanzados en cada municipio por la candidatura del Bloque de Derechas y por la candidatura del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, advertimos que solamente en unos pocos pueblos ganó claramente la lista de la izquierda a la de la derecha: Castejón, Sartaguda, Fontellas, Mendavia, Santacara, Cadreita, Valtierra, Lodosa y Andosilla. En Azagra, Cárcar y Tudela, por su parte, las dos listas contaron con un número similar de apoyos.

Por el contrario, en los demás pueblos de la Ribera las derechas superaron a las izquierdas. En Murillo el Fruto, Cortes y Ribaforada las izquierdas estuvieron en niveles en torno al 80/90 por ciento de las derechas. En San Adrián, Miranda, Falces, Peralta, Arguedas, Caparroso, Mélida, Marcilla, Milagro, Murillo el Cuende, Villafranca, Beire, Cintruénigo y Monteagudo los votos de las izquierdas se situaron entre el 50 y el 75 por ciento del obtenido por el Bloque derechista. En Sesma, Berbinzana, Larraga, Funes, Carcastillo, Olite, Pitillas, Buñuel, Cabanillas, Cascante, Corella y Fitero los votos de las izquierdas se situaban entre el 25 y el 50 por ciento de los del bloque constituído por carlistas y cedistas. Para terminar, en otros pueblos la mayoría de las derechas era mucho más abrumadora, siendo como mínimo cuatro veces más sus votos. Los pueblos que estaban en esta situación eran Allo, Dicastillo, Lerín, Mendigorría, Ablitas, Barillas, Fustiñana, Murchante y Tulebras.

Bajo todo lo anterior, a continuación presentamos una nueva medición de las dimensiones de la limpieza política franquista en la Ribera en la guerra civil. Se fundamenta en la proporción existente entre el número de hombres asesinados de más de 23 años y el número de votantes al Frente Popular. La razón de que nos fijemos en los asesinados de más de aquella edad radica en que la mayoría de edad electoral estaba a partir de aquel umbral. El motivo de que nos ciñamos a los hombres tiene que ver con la circunstancia de que todos los asesinados, a excepción de 34 mujeres, fueron de ese sexo.

Los pueblos en los que la proporción de hombres asesinados de más de 23 años superó el 20 por ciento de los votantes frentepopulistas fueron Allo, Sartaguda, Funes, Marcilla y Corella; los pueblos en los que se sitúa entre el 15 y el 20 por ciento fueron Dicastillo, Mendavia, Berbinzana y Larraga; y los pueblos en los que superó el 10 por ciento, sin llegar al 15 fueron Andosilla, Cárcar, Lodosa, San Adrián, Peralta, Milagro, Olite, Buñuel y Fitero. Según este indicador, Sartaguda (20,0) ya no ocupa el primer lugar sino que se coloca en la quinta posición. Después de Allo (33,7), que ahora proporcionaría el valor más alto, se situarían empatadas en la segunda posición Marcilla (23,6) y Corella (23,6), ubicándose después, sólo con unas décimas más que Sartaguda, Funes (20,3).

Con proporciones de entre el 5 y el 10 por ciento figuran localidades como Azagra, Lerín, Miranda, Cadreita, Murillo el Cuende, Beire, Caparroso, Mélida, Pitillas, Santacara, Valtierra, Villafranca, Ablitas, Cabanillas, Cortes, Fustiñana, Monteagudo, Ribaforada. Pueblos con niveles muy bajos de represión, de entre el 0 y el 5 por ciento, fueron Sesma, Falces, Arguedas, Carcastillo, Murillo el Fruto, Cascante, Castejón, Cintruénigo, Murchante y Tudela. Para finalizar, localidades sin asesinados serían Mendigorria, Barillas, Fontellas, Tulebras.

Con todo, si pensamos que los votantes del Frente Popular se dividían a medias entre votantes masculinos y femeninos, los datos son mucho más espectaculares. Bajo el supuesto de que entre los votantes del Frente Popular habría un número similar de votantes masculinos y de votantes femeninos, multiplicando por dos la cifra resultante de aquella proporción podríamos extraer el porcentaje hipotético de votantes masculinos al Frente Popular que fueron asesinados. Así, en Sartaguda habrían sido eliminados el 40 por ciento de los hombres votantes del Frente Popular. Los porcentajes, en este sentido, en otros pueblos habrían sido muy altos: Marcilla y Corella 47 por ciento; Funes, 41; Mendabia, 32; Larraga, 32; Dicastillo, 31; Berbinzana, 31; Peralta, 26; San Adrian, 24; Milagro, 25; Andosilla, 24; Cárcar, 24; Buñuel, 22; Fitero, 23, etc.

Por lo tanto, en la Ribera Estellesa habrían sido asesinados 1 de cada 4 hombres votantes del Frente Popular, en la Ribera Central 1 de cada 6 y en la Ribera Tudelana 1 de cada 8. Hablar de que fueron asesinados 1 de cada cuatro votantes al Frente Popular, (o 1 de cada 6 o 1 de cada 8) es hablar de auténticas limpiezas políticas en los que los simpatizantes de las izquierdas fueron auténticamente masacrados. Por otra parte, no hay que olvidar que, si desglosáramos los asesinados y los votantes por cohortes generacionales (es decir, en tramos de 20 a 29 años, 30 a 39 años, etc.), seguro que los resultados serían todavía más elevados, infiriéndose de ahí casi el exterminio prácticamente absoluto de algunas cohortes generacionales de izquierdistas en algunos pueblos.

Desde otro punto de vista, si cruzamos los pueblos según la relación entre los votos obtenidos por el Frente Popular y por el Bloque de Derechas y según la proporción de asesinados de más de 23 años sobre las de votantes frentepopulistas comprobaremos que existió una gran variabilidad. Hubo pueblos con mayoría de votos al Frente Popular que registraron mucha represión (Sartaguda, Mendavia), pero también se constatan localidades mayoritariamente de izquierdas en las que el número de asesinados fue relativamente bajo como, por ejemplo, Castejón o Fontellas. También se registraron casos de municipios en los que los entre los relativamente pocos votantes al Frente Popular se abatió una represión de grandes proporciones, caso de Allo, Funes, Corella, Berbinzana, Larraga o Dicastillo.

jueves, 10 de mayo de 2012

LA IMPOSIBILIDAD DE ESCAPAR. LOS BRAZALETES.


En una entrada anterior señalamos que la posibilidad de huída, registrada en la mitad norte de Navarra, no pudo darse en la Ribera donde las personas de izquierda, alejadas de las zonas leales al Gobierno o de la frontera francesa, fueron detenidas en sus pueblos o cerca de ellos, en muchas ocasiones tras haber estado vagando por los montes.

Sobre eso último, hay que recordar que la represión en la Ribera se llevó a cabo de una forma en extremo científica y metódica. Un bando que se difundió en algunos pueblos de la Ribera navarra el 21 de julio es elocuente en relación con la imposibilidad de huir de los fieles a la República puesto que les cerraba todas las vías de escape.

Ese bando dice lo siguiente: “Artículo Primero: Todo elemento extremista que al darle el grito de VIVA ESPAÑA no conteste de igual forma, será pasado por las armas en el acto; Artículo Segundo: Al presentarse las Autoridades a las inmediaciones de su domicilio y no salga el personal que haya dentro del mismo antes de la llegada de la fuerza con los brazos en alto gritando VIVA ESPAÑA, serán pasados por las armas en el acto; Artículo Tercero: Todo el personal extremista, sin distinción de sexo, que se encuentre dentro de la localidad o en el campo sin llevar un brazalete blanco en el brazo inquierdo y un volante que será entregado en el Ayuntamiento, será pasado por las armas en el acto; Artículo Cuarto: Todos los edificios o pisos habitados por los elementos extremistas tendrán, durante los días que dure el estado de guerra y a partir de las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, abiertas las puertas y ventanas con las cortinas quitadas, para ser vistos por la Fuerza, el que no cumpla lo ordenado se hará fuego sobre el edificio o persona que en el mismo se encuentre mayor de 16 años; Artículo Quinto: En los registros domiciliarios que efectúe el personal a mis órdenes, en los edificios habitados por personal de derechas y encuentre en ella oculto algún elemento extremista, éste será pasado por las armas en el acto y al dueño del edificio se le aplicará como encubridor lo que marca el Código de Justicia Militar; Artículo Sexto: Todo individuo extremista, cuantas veces salga y entre del campo se presentará en el Ayuntamiento, a su salida para recoger el volante y a su entrada para entregarlo; advirtiendo que aquél que no lo efectúe y se le encuentre en el campo será pasado por las armas; Artículo Séptimo: Se advierte al personal de derechas que si algún individuo se interna en su domicilio violentamente, bien perseguido por la Autoridad o por cualquier otra circunstancia, si no lo pone inmediatamente en conocimiento de las Autoridades, se le aplicará lo que marca el Código de Justicia Militar como cómplice o encubridor”.

Uno de los aspectos mencionados en ese bando, la obligatoriedad de llevar brazaletes blancos en el brazo izquierdo, algo especialmente infamante, se ha constatado en numerosos pueblos, entre ellos, Azagra, Beire, Falces, Funes, Marcilla, Milagro, Murillo el Fruto, Olite, Peralta, Pitillas, Santacara y Sartaguda. Hay que llamar la atención sobre el hecho de que es una cuestión de la que en el Estado solamente hay testimonios en Navarra, no comprobándose en otros sitios. A nivel internacional los nazis obligaron a los judíos a llevar brazaletes en Alemania y a partir de 1939 en los territorios que ocuparon.

Precisamente en el Diario de Navarra del domingo 16 de agosto de 1936 se publicó un artículo titulado Los brazaletes, obra del corresponsal de dicho periódico en Peralta, que habla bien a las claras de la finalidad de dicho proceder y de los problemas que podía suscitar a juicio de aquél por la insinceridad de los desafectos. El artículo dice:

“Los primeros días de restauración y por orden de las autoridades militares se dispuso que para distinguirnos las derechas de las izquierdas, éstas, en la bocamanga se colocasen un brazalete blanco y por parte una indicación con los colores de la Patria, pero sin prescindir en ningún momento del blanco; y las derechas, un brazalete con los colores nacionales; así se hizo con muy buen acuerdo para que las autoridades sepan con quien tratan. Pero ahora viene lo que se esperaba y lo que deseamos rogándolo así a la autoridad militar que ese acuerdo se mantenga con carácter general, pues muchos parece que se tienen a menos el ostentar el brazalete que les corresponde, o sea el blanco y digo que les corresponde porque hasta el día que estalló este glorioso movimiento militar han sido los elementos más significados y los mayores enemigos de las derechas.

Otros alegan ser neutrales y así lo han demostrado ya que nunca se han metido en política, pero desde luego no han hecho nada por las derechas; ahora de buenas a primeras se han hecho fervorosos derechistas; si es así nos congratulamos. Pero lo que nunca consentiríamos [es] que lo hicieran por la situación que atravesamos. Papeles no, no y no. Si en cinco años han estado indiferentes con las derechas como justo castigo que se les condene a colocarse el brazalete blanco.

Algunos que son de para izquierda dicen que se ponen el brazalete de derecha porque tienen algún familiar en los voluntarios; a ésos corresponde que se les pongan tales, pero no al resto de la familia.

Y finalmente, algunos demasiado vivos, ahora que ven a España en pié, dicen que ellos votaron a las derechas. A éstos tenemos que decirles que todavía esto es peor o sea es mentir, porque gracias a Dios en el comité de derechas, del que tengo sumo gusto de ser su secretario, sabemos al detalle, todos los electores, absolutamente todos en cualquier momento todos cuantos trabajamos en asuntos electorales (Que ojalá no trabajemos más) podemos decir éste es de derechas, éste es de izquierdas, éste es abstenido (Estos últimos son los que desagradaban a todos) y mucho más cuando se trata de alguno que hoy no los ahorcarían por muchos miles de duros.

(...) Nada más, Que por ahora cada uno lleve el brazalete que le corresponde, en premio a sus actuaciones anteriores, que cuando purguen bien la falta, será ocasión para pensar lo que proceda”.

Todo lo anterior no fue inocuo. En las primeras semanas la guardia civil acompañada de milicianos de derecha que no se habían dirigido al frente realizarán batidas a la caza de los desafectos fugados, animados por las direcciones de sus partidos. El Diario de Navarra de 24 de julio reproducirá una Nota del partido Unión Navarra, integrado en la CEDA, dirigido “a los afiliados de esta organización y entusiastas juventudes de la JAP [Juventudes de Acción Popular, rama juvenil de aquélla]” en el que se decía: “En cuanto a los que quedais arma al brazo, vigilando en la zona ribereña, os encarecemos sigais con el mismo tesón desalojando de sus guaridas a todos esos elementos indeseables que ahora desahogan su rabia impotente con atentados cobardes”. En ese mismo número el corresponsal de Estella decía que el día anterior una compañía volante había recorrido “toda la Ribera de Navarra y parte de la Rioja” y que otra compañía había ido a Mendavia donde hizo algunas detenciones. Por último, añadía: “Hoy, para dar una batida a los escasos rebeldes que puedan quedar, han salido en diversos grupos, fuerzas que recorrerán Larraga, Berbinzana, Miranda de Arga, Falces, Peralta, San Adrián, Andosilla, Cárcar y Allo”.