viernes, 19 de abril de 2013

EL BLOQUE DE DERECHAS Y EL DIARIO DE NAVARRA EN LA SEGÚNDA REPÚBLICA.





Durante la Segunda República el espacio sociopolíticoideológico de las derechas en Navarra se constituyó como un magma del que formaron parte diferentes familias políticas: carlistas, integristas, conservadores, cedistas, etc. Su expresión política fue, a partir de 1933, el Bloque de Derechas, coalición en la que confluyeron las fuerzas que integraron a partir de enero de 1932 la Comunión Tradicionalista (carlistas, mellistas e integristas) y los elementos conservadores y católicos independientes que formarían Unión Navarra en 1933, partido integrado en la CEDA al año siguiente. El carlismo, la fuerza dominante dentro de dicha coalición a causa del carácter minoritario de los demás sectores políticos que formaban parte de la misma, fue capaz de desarrollar una inteligente política de asociación con esas otras sensibilidades ideológicamente próximas por medio de la cesión de puestos relevantes en las candidaturas. Esa estrategia benefició al conjunto de la derecha porque la derecha no tradicionalista conseguía extenderse electoralmente gracias a la enorme porosidad del carlismo en las capas populares, especialmente de la Montaña y de la Zona Media, y el carlismo lograba adentrarse en ámbitos geográficos como el de la Ribera o en ámbitos sociales como el de la alta burguesía o las minorías intelectuales, en los que los elementos que conformarían Unión Navarra tenía mayor implantación. 

Por otra parte, dentro de ese espacio ideológico de las derechas tuvieron también importancia capital sus órganos de prensa, sobre todo Diario de Navarra. Este periódico, con una difusión de 10.500 ejemplares en 1931, de 13.000 en 1932-1934 y de 20.000 en 1935-1936, tenía una tirada muy superior a la de El Pensamiento Navarro, limitada la de éste último a unos 2.000. Además, Diario de Navarra se caracterizó por una gran transversalidad relativa en relación con los sectores de aquel espacio, acogiendo a miembros de las diversas familias de la derecha navarra tanto en su Consejo de Administración, en donde estaban presentes la mayoría de los notables que formaban parte de la élite de poder provincial, como en su Consejo Editorial y en su Redacción. 
 
Aunque entre los fundadores en 1903 de La Información S. A., la empresa propietaria del Diario, predominaban los ligados al partido conservador, posteriormente podemos encontrar figuras que eran o serían mellistas, mauristas, integristas, de Unión Navarra, de Renovación Española... En 1932 formaban su consejo de administración Genaro Larrache, ex maurista de familia carlista; José Sánchez Marco, presidente en Navarra de la Junta Regional del Partido Integrista; y Francisco Uranga, uno de los fundadores de la Falange en Navarra.

En la tertulia diaria a las 15,30 que decidía la línea editorial del periódico participaban el Director, Raimundo García; el subdirector, Eladio Esparza; el Presidente del Consejo de Administración Jenaro Larrache; Pedro Uranga, miembro muy influyente del consejo de administración, y Luis Ortega Angulo, persona de mucho peso en la empresa y tesorero de Renovación Española.

Por lo que respecta a la redacción, aunque se ha insistido a menudo en el peso ideológico del Director, Raimundo García (conocido también por sus seudónimos Garcilaso o Ameztia), somos de la opinión de que en los aspectos que se referían a la política interna de Navarra durante la Segunda República el protagonismo mayor en cuanto a la creación de mensajes ideológicos correspondía al lesakarra y tradicionalista Eladio Esparza, autor de una columna diaria con diversos nombres (entre ellos, Postales, Rodela, Estampas Forales, a veces simultáneas) y seguramente también autor de la mayoría de las Notas sin firma del periódico. 
 
Director del periódico jeltzale La Voz de Navarra entre 1923 y 1925, con una remuneración de 6.000 pesetas anuales, la más alta que se cobraba en la prensa pamplonesa por aquel entonces, mil más de las que recibía Garcilaso en Diario de Navarra, Eladio Esparza pasó en 1929 a este último periódico con la categoría de redactor-jefe, culminando su tránsito ideológico desde el nacionalismo vasco a un navarrismo foral de derechas que combinaba un férreo españolismo político con un innegable vasquismo cultural. Desde nuestro punto de vista, fue Esparza, él mismo miembro de la Comunión Tradicionalista, sobre quien recaerían los méritos de abrir las páginas de Diario de Navarra a diversos escritores navarros de gran importancia para la creación de opinión para los sectores de la derecha durante la República y que publicaban con una gran regularidad en él. Entre ellos, destacaríamos en especial a dos. El primero, Hilario Yaben, canónigo de Sigüenza, de ideología integrista/tradicionalista y que protagonizó junto con Esparza a lo largo del debate estatutario de 1931-1932 una enconada oposición a los tres proyectos que se sucedieron de Estatuto Vasconavarro y que planteaban una región autonóma común entre Navarra y los demás territorios vascopeninsulares. El segundo autor era Fermin Yzurdiaga Lorca: colaborador de Diario de Navarra desde 1929 y responsable de una sección quincenal dentro de él titulada Catolicismo y de una sección de una cierta regularidad llamada Cymbalum mundi, enriquecía gráficamente sus textos con las tipografías e ilustraciones de Angel María Pascual, preludiando el falangismo católico que le caracterizaría tras hacerse en 1936 con la dirección del órgano falangista ¡Arriba España!, periódico surgido tras la requisa en julio de 1936 de la maquinaria e instalaciones del periódico peneuvista La Voz de Navarra.

Tampoco hay que olvidar que las páginas de opinión de Diario de Navarra se vieron enriquecidas en momentos determinantes con las aportaciones puntuales de tradicionalistas como Víctor Pradera o el conde de Rodezno, de conservadores como Pedro Uranga o de cedistas de Unión Navarra como Rafael Aizpún.

Sea como sea, la importancia del Diario de Navarra en el mapa político navarro de la época y la consideración de su capacidad articuladora de la opinión pública, con posicionamientos propios que iban más allá de los diferentes partidos de la derecha, motivó que la candidatura del Bloque derechista le ofreciera un escaño en la persona de Raimundo García en las elecciones de 1933 y de 1936, saliendo elegido diputado en las dos.

Todos los sectores que confluían en ese espacio socioeconómico de las derechas encontraron unos puntos de comunión en todos aquellos aspectos contrarios a todos los caracteres propios de la izquierda o del nacionalismo vasco o pregonados de la Constitución republicana (laicismo, liberalismo, republicanismo, parlamentarismo, socialismo, separatismo). Algunos elementos de disenso provocados por el mayor apoyo de los sectores populares del carlismo a las prácticas del catolicismo social, que podían contravenir los intereses de los terratenientes directamente representados por algunas personalidades de la Comunión Tradicionalista como Rodezno o Sánchez Marco, o por las simpatías vasquistas de antiguos jaimistas o de algunas personalidades de Unión Navarra, tildadas de filonacionalistas por parte de los sectores más agresivos con el nacionalismo vasco y con el Estatuto Vasconavarro, fueron orillados en base a la exaltación de los ingredientes con mayor capacidad de fusión (catolicismo militante, defensa del Estado confesional, visión pesimista de la modernidad, defensa de la familia y de los valores tradicionales, foralismo españolista) en beneficio sobre todo de la oligarquía local, cómodamente instalada en el conservadurismo social. Todo ello acompañado con una llamada constante, desde el mismo inicio del periodo republicano, a la movilización que presentaba a Navarra como la Covadonga desde la que se llevaría cabo la restauración de los viejos valores en el resto del Estado.

Durante toda la República las derechas en Navarra fueron mayoritaria en los ayuntamientos y contó con el sostén de la mayoría del electorado en las elecciones a Cortes.

En las elecciones a Cortes constituyentes de 28 de junio de 1931, en Navarra, así como en Guipúzcoa y Vizcaya, los partidos que a partir de 1933 constituirían el Bloque de Derechas conformaron la coalición católico-fuerista junto con el PNV en un programa que pivotaba sobre la defensa del catolicismo y del Estatuto de Estella que pretendía establecer un espacio geográfico autónomo en el que aquél estuviera salvaguardado. Dicha candidatura católico-fuerista venció con cinco diputados en Navarra y el 64 por ciento de los votos, frente a dos diputados republicanosocialistas que sumaron el 36 por ciento de los votantes. Las izquierdas solamente ganaron en Pamplona, en la Ribera y en algunos valles pirenaicos. Los cinco diputados católicofueristas navarros formaron parte del grupo parlamentario de la minoría vasconavarra, constituído por quince parlamentarios en total, hasta finales de 1931, momento éste en que se rompió de hecho por la aceptación del PNV de la legalidad republicana.

En las elecciones a Cortes de 19 de noviembre de 1933 el Bloque de Derechas triunfó fácilmente: copó los siete diputados navarros y convirtió su hegemonía, con más del 71 por ciento del electorado, en indiscutible ante unas izquierdas, divididas en varias listas, situadas en total en torno al 20 y un PNV que, yendo en solitario, no pasó del 9. La izquierda sólo ganó en una decena de localidades de la Ribera. El gráfico que encabeza esta entrada representa los porcentajes obtenidos por cada lista.

En las elecciones a Cortes de 16 de febrero y 1 de marzo de 1936, en un ambiente altamente exacerbado, se repitieron prácticamente los resultados de 1933: el Bloque de Derechas, con el 70 por ciento de los votos, volvió a copar los siete escaños navarros, quedando el Frente Popular con el 21 por ciento y el PNV con el 9.

En relación con su presencia en la Diputación, si bien su presencia fue mínima en las Comisiones Gestoras de la misma, de designación gubernativa, que se sucedieron en la Diputación desde abril de 1931 a enero de 1935, pasaron a dominarla después de las elecciones provinciales de esa última fecha, celebradas gracias a las concesiones efectuadas por el Partido Republicano Radical. Así, la Diputación navarra era la única en el Estado que no estaba en manos del Frente Popular en 1936.

Como se ve, por lo tanto, el entramado políticomediático de las derechas navarras no es de ahora, sino que arranca de ochenta años atrás. Lo mismo sucede en una parte nada despreciable de los contenidos de sus mensajes ideológicos. Consecuentemente estamos hablando de una cultura política asentada desde muchos decenios y cuyos puntos de vista se han transmitido a lo largo de varias cohortes generaciones como fórmulas ideológicas heredadas en el seno de muchas familias navarras y que, hoy en día, actualizadas con arreglo a los cánones del sistema socioeconómicopolítico vigente y a las exigencias de la modernidad, siguen siendo el basamento del ideario político de una parte importante del electorado navarro, precisamente el que suele ofrecer su apoyo al partido más votado en nuestra comunidad. Tras unas semanas en las que una moción de censura, finalmente derrotada, ha abierto el debate sobre las posibilidades de constitución de mayorías alternativas de gobierno, creemos relevante subrayar todo lo anterior, y también tenerlo en cuenta, a la hora de reflexionar sobre las propuestas y estrategias ideológicopolíticas encaminadas a la concreción de aquéllas.

domingo, 14 de abril de 2013

SEGMENTOS DE REPÚBLICA.


SEGMENTOS DE REPÚBLICA. 

La profusión, especialmente en los medios de comunicación y en los últimos años, de valoraciones radicales y del todo contrapuestas sobre la Segunda República, ha hecho que se haya difundido entre la opinión pública la idea de que ese periodo histórico constituyó un todo unitario. Sin embargo, la realidad es que en los cinco años y tres meses que duró la legalidad republicana existieron varias etapas muy diferentes entre sí. Además, en rigor, el carácter transformador que se suele predicar del periodo republicano solamente es cierto para el periodo inicial, para sus dos primeros años y medio (de abril de 1931 a noviembre de 1933), así como para sus últimos cinco meses, si bien en esta última fase con una crispación en ascenso. Seguidamente repasaremos las distintas etapas de la República en lo relativo al gobierno central y a quienes gobernaron la Diputación en Navarra. También haremos una mención a la cuestión del poder municipal en los ayuntamientos navarros. 

EL GOBIERNO CENTRAL DURANTE LA REPÚBLICA. 

El gobierno provisional de la II República quedó conformado tras la proclamación de la misma el martes 14 de abril como resultado de las victorias de las candidaturas republicano-socialistas en las capitales de provincia y en las regiones industriales. Era un gobierno heterógeneo formado por dirigentes de partidos republicanos de derecha (como el Presidente de Gobierno, Alcalá Zamora, y el Ministro de Gobernación, Maura); del Partido Republicano Radical ó PRR (como Alejandro Lerroux, que se hacía con la cartera de Asuntos Exteriores, o Martínez Barrio, que asumía la de Comunicaciones); del Partido Republicano Radical Socialista ó PRRS (como Álvaro de Albornoz, titular de Fomento, o Marcelino Domingo, titular de Instrucción Pública); de Acción Republicana ó AR (como Azaña, Ministro de la Guerra); y del PSOE le correspondían tres ministerios, los de Hacienda (Indalecio Prieto), Justicia (Fernando de los Ríos) y Trabajo (Largo Caballero). 

Este gobierno provisional tuvo que afrontar en sus primeras semanas diversos problemas espinosos, entre ellos, la proclamación del Estat Catalá en Barcelona el mismo 14 de abril, resuelto con la aplicación de una autonomía transitoria; las reticencias de la cúpula eclesiástica y las quemas de iglesias en mayo; y las reservas expresadas por los altos mandos militares, salvadas con varias medidas que trataban de asegurar su fidelidad. 

Las elecciones de 28 de junio de 1931 fueron ganadas por las candidaturas de la coalición gubernamental, sobre todo de las formaciones situadas a la izquierda. El PSOE obtuvo 114 diputados; el Partido Republicano Radical Socialista, 54; Acción Republicana, 30. Los partidos en el gobierno que representaban el republicanismo de centro-derecha, el Partido Republicano de Lerroux o la Derecha Liberal Republicana de Alcalá Zamora y Miguel Maura, consiguieron respectivamente 94 y 23 actas. 

El Gobierno provisional pervivió tras las elecciones generales de 28 de junio de 1931 a causa de que los partidos de la coalición de gobierno pactaron su continuación hasta que la Constitución fuera aprobada, caracterizándose por una política poco unitaria en la que cada ministerio seguía las directrices de sus responsables y destacando algunos ministerios, como el de Trabajo, por su enorme actividad en la promulgación de decretos reformistas. 

La Constitución fue aprobada el 9 de diciembre de 1931, caracterizándose por contenidos claramente progresistas y apostando por la división de poderes, la separación entre la Iglesia y el Estado y la nueva organización territorial. El articulado referente a la cuestión religiosa, sobre todo el referente a la disolución de las órdenes religiosas y la nacionalización de sus bienes, motivó la dimisión en octubre de Alcalá Zamora y Maura, si bien en el caso del primero también actuó el rechazo del gobierno a su proyecto de reforma agraria. Entonces, Azaña asumió la Presidencia del Gobierno. Tras la promulgación del texto constitucional, Alcalá Zamora fue nombrado Presidente de la República, presidiendo Azaña el Consejo de Ministros. 

Aún cuando el gobierno provisional había dado ya claras muestras de su vocación reformista, suele considerarse al bienio social-azañista como el bienio reformista por excelencia. El gobierno de Azaña fue un gobierno netamente de izquierda con PSOE, AR, PRRS y otros partidos catalanes y gallegos. El Partido Republicano Radical no participó en él por su negativa a cohabitar con el PSOE, haciéndose eco de las inquietudes patronales por la nueva legislación social, argumento que constituiría el eje de su actitud en la oposición en el parlamento hasta septiembre de 1933. Con esa actitud los radicales iniciarían su proceso de derechización. Desde el otro ángulo, se ha dicho que la preferencia por los socialistas, originando el alejamiento de los radicales hacia una posición de centro-derecha extraordinariamente agresiva contra el gobierno, pretendía incorporar a la clase obrera a las instituciones republicanas o, al menos, neutralizar una posible oposición obrera a la República mediante una política de mejora de las condiciones laborales del proletariado urbano y rural, política que tendría un mayor impacto en los ámbitos rurales, mucho más desrregulados hasta entonces. 

El gobierno de Azaña, que duró hasta septiembre de 1933, fue el gobierno de mayor estabilidad del periodo republicano y el que protagonizó las reformas más importantes. Fueron señeros los avances en política educativa y en política social, pero también se desarrolló una labor diligente en política económica y en obras públicas. Además se introdujeron reformas en el Ejército y se aprobó en septiembre de 1932 la ley de reforma agraria y el estatuto catalán. En agosto del mismo año, la fallida sublevación de Sanjurjo, supuso la primera llamada de atención de los sectores golpistas. Aunque suele afirmarse que el final de este bienio azañista fue ocasionado por la matanza de campesinos en Casas Viejas, anticipada por incidentes similares en diciembre de 1931 y enero de 1932 en Castilblanco y en Arnedo, la realidad es que fue resultado de la táctica que, desde principios de 1933, llevó a cabo el Partido Radical contra la coalición gobernante con el apoyo de los sectores centristas del PRRS y la colaboración del Presidente de la República, Alcalá Zamora. Éste forzó remodelaciones ministeriales en junio y septiembre de 1933, la segunda acompañada de la destitución de Azaña como Presidente del Gobierno, así como de la expulsión de los ministros socialistas. Sin el apoyo de los sectores de izquierda, la inestabilidad de los gobiernos subsiguientes presididos por radicales acarreó la disolución de las Cortes. 

En las elecciones de 19 de noviembre de 1933, la CEDA de Gil Robles, un partido que algunos autores tildan de partido conservador y católico progresivamente fascistizado, fue la formación más votada, obteniendo 115 diputados. El Partido Radical de Lerroux se erigió en segunda fuerza, con 104 escaños. La izquierda republicana y los partidos socialista y comunista no pasaron en conjunto de los 94 parlamentarios. 

Por efecto de esas elecciones comenzó el bienio radical-cedista. Si ya entre 1931 y 1933 el Partido Radical constituyó el principal núcleo fundamental de la oposición parlamentaria a las reformas practicadas por los gobiernos republicanos-socialistas presididos por Manuel Azaña, en los dos años siguientes será el promotor primordial del cambio de rumbo de la República. En los gobiernos de octubre de 1933 a febrero de 1936, el Partido Radical (primero gobernando en solitario con el apoyo parlamentario de la CEDA; a partir de octubre de 1934 en coalición con ese partido y progresivamente supeditado a él, a causa de las sucesivas crisis internas de los radicales ocasionadas por tal alianza y por carecer dicha formación de la voluntad y de los recursos necesarios para contener a los cedistas, con mayor presencia cada vez en el gobierno nacional y en la administración local y provincial) derogó las reformas sociales del bienio progresista, revisó la ley de reforma agraria y desarrolló una política de hostilidad y represión de la izquierda, a cambio de obtener para sus afiliados y redes clientelares el acceso privilegiado a todos los niveles de la administración pública, polarizando la dinámica política de la República hasta extremos desconocidos. Las reformas del primer bienio fueron socavadas por los radicales, además de por vía legislativa, por la renuncia a cumplir la legislación vigente, permitiendo el incumplimiento masivo de la legislación laboral y social que había sido aprobada entonces, lo que fue acompañado por la durísima represión de los sindicatos y por el apoyo al boicot de la patronal a las organizaciones obreras. También se modificó la política religiosa, propiciándose un acercamiento a Roma; se devolvieron tierras a la nobleza terrateniente; se amnistió a los involucrados en la Sanjurjada; y se hizo más virulenta la tensión con el nacionalismo vasco y catalán. La política social y agraria de estos gobiernos y el deterioro de las condiciones laborales están detrás del incremento de la conflictividad, que acabó estallando en la huelga campesina de junio de 1934 y en la revolución de octubre del mismo año, ésta última una auténtica insurrección armada en Asturias, en la que confluyeron la UGT y la CNT, que se saldó con 1.500 muertos. También por aquel entonces la proclamación por parte de Companys, Presidente de la Generalitat, del Estat Catalá, derivó en la suspensión de la autonomía. 

Finalmente, el escándalo del estraperlo, al que se le unían otros, apuntilló definitivamente a los radicales. El intento de Gil Robles de gobernar en solitario con el programa de la CEDA tropezó con la negativa de Alcalá Zamora, precipitando la disolución de la cámara legislativa. 

En las elecciones de febrero de 1936 compitieron primordialmente, a pesar de la concurrencia de otras listas de partidos centristas y de partidos nacionalistas periféricos, dos grandes bloques políticos. En el Bloque Nacional concurrían la CEDA, los tradicionalistas y los monárquicos alfonsinos. En el Frente Popular iban coaligados partidos republicanos de izquierda (Unión Republicana, Izquierda Republicana), partidos republicanos nacionalistas periféricos (Ezquerra, Partido Galeguista) y formaciones socialistas y comunistas (PSOE, PCE, POUM). La victoria correspondió a la segunda coalición, que obtuvo 266 escaños, por 142 de la primera. 

El 19 de febrero Azaña se hacía cargo de la presidencia del gobierno. Sus primeras medidas se dirigieron hacia el restablecimiento de la autonomía catalana, la liberación de los presos encarcelados tras la revolución de octubre y la recuperación de la política de reforma agraria. Siguiendo en esa línea, en los siguientes meses trató de retomar la política reformista del primer bienio, acelerándose también la política autonómica respecto del Pais Vasco y Galicia. En mayo, tras la destitución de Alcalá Zamora como Presidente de la República y la designación de Azaña para ese cargo, Casares Quiroga pasó a presidir el gobierno. La acción del gobierno se vio cada vez más dificultada por incidentes provocados desde los extremos del abanico político que polarizaron a la opinión pública y por rumores insistentes de intervencionismo militar. En este clima, los asesinatos del teniente Castillo, conocido militante de izquierdas, y del líder de la CEDA José Calvo Sotelo los días 12 y 13 de julio, el segundo como respuesta al primero, actuaron, más como telón de fondo que como detonante, de la sublevación militar del 17 de julio de las tropas españolas en Marruecos que daba inicio a la guerra civil. Navarra, precisamente, era centro neurálgico de la sublevación a causa de la estrecha connivencia entre los militares y las formaciones derechistas y, desde el primer momento, desarrolló el papel de territorio liberado para los golpistas. 

LA DIPUTACIÓN DE NAVARRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA. LAS COMISIONES GESTORAS . 

El 21 de abril de 1931 el Gobierno de la República publicaba un Decreto por el que se regulaba el nombramiento de las Comisiones Gestoras de las Diputaciones a cargo del Gobernador respectivo y en el que se señalaba que en Navarra se respetaría su número tradicional de siete diputados designados en las cinco merindades. 

Bajo las protestas de nacionalistas y carlistas, el 25 de abril de 1931 tomó posesión la nueva Gestora, constituída por los diputados siguientes: Amadeo Marco Ilincheta (abogado, alcalde de Navascués, carlista) por el distrito de Aoiz; Jose María Fernández de Piérola (monárquico, propietario de Los Arcos) y Benito Munilla García (vicepresidente del Centro Republicano de San Adrián), por Estella; Constantino Salinas Jaca (médico socialista de Alsasua) y Rufino García Larrache (empresario pamplonés y republicano autónomo), por Pamplona; David Jaime Deán (administrador de la cooperativa vinícola de Tafalla, concejal independiente electo de ese municipio con el apoyo de republicanos y socialistas y luego uno de los líderes de AR y de IR); y Luis Soriano Tapia (abogado, presidente de la Agrupación Republicana de Tudela), por la merindad tudelana. Salinas fue nombrado vicepresidente, es decir, cabeza de del órgano puesto que por laley de 1841 la presidencia recaía nominalmente en el Gobernador Civil. 

Esa primera Comisión Gestora duró hasta comienzos de 1933 por la necesidad de cubrir cuatro bajas. En enero de 1933 se admitió la dimisión de Amadeo Marco, presentada en diciembre de 1931 a causa de su desacuerdo con la decisión de la Gestora de negarse a dar al Obispado 50.000 pesetas para la construcción del Seminario de Pamplona, así como la de García Larrache, quien dimitió entonces al ser nombrado Gobernador Civil de Álava. Asimismo, en abril de 1933, tras la celebración de las elecciones municipales parciales del 23 de ese mes, Benito Munilla dejó de ser concejal de San Adrián, lo que le incapacitaba para ser gestor. También entonces dimitió, sin aclarar las razones, Fernández de Piérola. 

La Segunda Gestora fue nombrada por el Gobernador el 8 de junio de 1933, estando integrada exclusivamente por republicanos o socialistas. A los tres miembros que no habían dimitido de la Primera Gestora (es decir, el vicepresidente Constantino Salinas, Luis Soriano y David Jaime, éste último republicano autónomo que desde julio de 1933 presidiría la Agrupación tafallesa de Acción Republicana), se les añadían: José Burgaleta García, concejal pamplonés del PRR; Constantino Cerdán Sánchez, alcalde de Azagra y presidente de la Agrupación local del PRRS; Amancio Sánchez Martínez, concejal radical de Azagra; e Isaac Induráin, concejal republicano de Aoiz. 

Esta Segunda Gestora se mantuvo hasta el 4 de enero de 1934 debido a que el triunfo en las elecciones generales de la CEDA y el PRR conllevó una nueva conformación de las gestoras de las diputaciones provinciales en beneficio de los radicales. Así, ese día un Decreto señalaba la necesidad de renovación de las mismas. A pesar de las protestas de la derecha y de una iniciativa legislativa llevada a cabo por Aizpun, que fructificaría finalmente meses despues, el 31 de enero se formó la nueva gestora con carácter interino. Estaría integrada por Serafín Yanguas Legarda, pamplonés y presidente de la Junta Central del Partido Radical; Constantino Salinas; Javier Domezáin, de AR, por Tafalla; Cándido Frauca, abogado y propietario tudelano, miembro del PRR y presidente de su Junta tudelana; Francisco Sanjuán, del PRRS, y Fructuoso Muerza, miembro del PRR en San Adrián, por Estella; y Pedro Beúnza, también radical, por Sangüesa. Dicha conformación con 4 miembros del Partido radical y uno respectivamente de AR, PSOE y PRRS, trataba de combinar el hecho de la articulación de una mayoría de republicanos de derecha con el intento del gobierno radical de Madrid de no chocar del todo con el resto de los partidos republicanos ni con sus bases navarras. 

Finalmente, los radicales apoyarían en Madrid la tramitación de la proposición de ley para la renovación de la Gestora Provincial presentada por Aizpun, abriendo las puertas a su control por parte de la derecha. Las elecciones de 27 de enero de 1935 en las que los concejales elegieron a los gestores estuvieron, además, enturbiadas por el hecho de que 30 ayuntamientos con mayoría de izquierdas o nacionalistas estaban suspendidos desde octubre de 1934, siendo sustituídos por concejales de derechas. La gestora elegida estuvo formada exclusivamente por miembros del Bloque de Derechas, a excepción del representante tudelano, el radical Cándido Frauca, quien había llegado a un arreglo con el Bloque. Esta gestora de derechas, modificó a su favor el rumbo de la política foral, derogando la normativa aprobada en 1932 sobre juntas de veintena, quincena y oncena, opiniéndose a la ley municipal objeto de debate, aprobando un nuevo reglamento sobre la constitución y el funcionamiento del Consejo Foral Administrativo y paralizando la aplicación de la Ley de Reforma Agraria 

EL PODER LOCAL MUNICIPAL EN NAVARRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA. 

Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 dieron el triunfo a las candidaturas derechistas en la mayoría de los ayuntamientos navarros. El bloque republicano-socialista sólo venció en pueblos de la Ribera del Ebro (como Olite, Larraga, Miranda de Arga, Falces, Santacara, Murillo en Cuende, Villafranca, Cadreita, Castejón, San Adrián, Fitero, Cascante, Buñuel y Tudela) y también en algunos más septentrionales como Alsasua, Aibar o Yesa. Pamplona se situó entre las nueve capitales de provincia en toda España con mayoría monárquica, superando ligeramente a las izquierdas. 

No obstante, los resultados de esas elecciones se verían modificados por la repetición de las elecciones en muchas localidades en las que la izquierda protestó, aduciendo presuntas irregularidades cometidas por la derecha en la jornada electoral. De las 41 reclamaciones presentadas en otros tantos pueblos, presentadas por lo general por candidatos de la conjunción republicano-socialista (a excepción de en Pamplona y en Tafalla donde el PNV también reclamó, en la capital en exclusiva) y fundamentadas en la compra de votos y en las coacciones ejercidas sobre los votantes por la derecha, así como en incapacidades de ciertos concejales para ejercer el puesto al ser arrendatarios de algún arbitrio municipal, el gobernador aceptó las protestas de 20 localidades. Hasta que la resolución fuera refrendada por la Dirección General de Administración Local de Madrid, el gobernador nombró gestores en las localidades afectadas. 

Tras la repetición de las elecciones el 31 de mayo, las izquierdas controlarían también la capital navarra. Asimismo, la repetición del proceso electoral originó el control de la izquierda también en otros ayuntamientos importantes como Azagra, Caparroso, Cáseda, Corella, Lodosa, Mendavia, Peralta, Sartaguda, Valtierra y Tafalla, todos ellos en la mitad sur. Con todo, en las elecciones de 31 de mayo las derechas ganaron en la Ribera en Ablitas, Cabanillas, Fustiñana, Los Arcos, Mélida, Monteagudo, Murchante, Ribaforada, Arguedas, Carcastillo, Funes y Milagro. 

Los pueblos en los que ganaron los republicanos y los socialistas en la primavera de 1931 siguieron con esos ayuntamientos de izquierda hasta noviembre de 1934, momento éste en que la represión subsiguiente a la revuelta del mes anterior (que tuvo incidencia en Sakana y Pamplona, habiendo, además, acciones aisladas de una cierta gravedad en Tudela, Castejón, Tafalla, Peralta, Villafranca, Fitero, Cortes y Funes) originó el cierre de muchos centros de izquierda, la mayoría situados en la Ribera, y también de algunos nacionalistas, así como el que concejales de izquierdas de más de 30 ayuntamientos fueran apartados de sus cargos y sustituídos por gestoras. Las irregularidades cometidas en las suspensiones de algunos ayuntamientos fueron denunciadas en las Cortes por Manuel Irujo, que argumentó lo injustificado de varios casos por el nulo impacto que en esos municipios había tenido la huelga general (Goizueta, Berbinzana, Falces, Allo, Corella, Lodosa), desveló intereses que subyacían a otros relevos (Sartaguda, Andosilla, Cáseda, Mendavia) y advirtió que en la composición de algunas gestoras municipales se había actuado de modo ilegal (Castejón). Posteriormente, en enero de 1936 los ayuntamientos suspendidos volverían a ocupar sus cargos. 

Hay que tener en cuenta que no hubo más elecciones municipales a excepción de las celebradas el 23 de abril de 1933 en los ayuntamientos que en 1931 habían sido proclamados por el artículo 29 por ausencia de candidaturas alternativas y en lo que en diciembre de 1932 se instalaron por ley comisiones gestoras de tres miembros. Esas elecciones municipales parciales afectaron en Navara a 148 municipios, 139 de ellos de la Montaña y de la Zona Media, la mayoría de los cuales por debajo de los 500 habitantes. Las únicas localidades con hábitat concentrado con más de 2.000 habitantes, o en torno a ellos, que entonces eligieron representantes fueron Alsasua, Cárcar, Cintruénigo, Lerín, Marcilla, Mendavia y San Adrián. En estas elecciones el triunfo de las derechas fue arrollador. Las izquierdas solamente ganaron en Olazti, Ziordia, San Adrián, Cárcar y Mendavia. 

Por lo tanto, durante la Segunda República, entre 1931 y 1933 la izquierda ocupó el poder tanto en Madrid como en la Diputación de Navarra. A ello hay que añadir que en numerosos pueblos de la Ribera la izquierda también ocupó el poder local entre la primavera de 1931 y el otoño de 1934 y entre enero de 1936 y el comienzo de la guerra civil, lo que hacía que las reformas planteadas desde el poder central y el poder provincial pudieran también, en principio, transmitirse sin muchos obstáculos también a la órbita de lo local.

martes, 9 de abril de 2013

IDENTIDADES EN NAVARRA.


Hemos repasado las encuestas y sondeos sociológicos existentes en Internet y que contienen datos sobre el respaldo a las diferentes opciones identitarias presentes en Navarra (a la menos, a aquéllas sobre las que preguntaban los encuestadores, en todos los casos con un cierto sesgo distorsionador, de diferente grado si se quiere, de las respuestas). Hay que subrayar que los datos que hemos recabado son menos amplios y actualizados que lo que quisiéramos, señal de que los poderes públicos no parecen mostrar excesivo interés en la cuestión que estamos abordando. Como es obvio, no habrá que olvidar que nos limitamos a lo que hemos podido recabar en la red, pudiendo haber otros estudios no presentes en ella con datos más actuales y completos. 

En la página web del Centro de Investigaciones Sociológicas disponemos de cinco estudios en los que constan datos de encuestas con preguntas sobre sentimiento identitario en nuestra Comunidad. Los datos del Barómetro Autonómico (II) de 2010 referido a Navarra contienen una tabla con el apoyo a unas opciones identitarias (“Me siento únicamente español”, “Me siento más español que navarro”, “Me siento tan español que navarro”, “Me siento más navarro que español”, “Me siendo únicamente navarro”, “no sabe” y “no contesta”) sobre las que también se pregunta en el Barómétro Autónomico (I) de 2005, en la encuesta Instituciones yAutonomías (II) de 2002 y en la encuesta Instituciones yAutonomías I de 1998. Todas esas encuestas cuentan con un universo de algo más de 400 encuestados.

Como es fácilmente constatable, esa encuesta está sesgada de partida porque, presuntamente de forma interesada y bastante miope, los diseñadores de la misma marginan dos adscripciones identitarias que cualquier persona mínimamente conocedora de la realidad navarra estimaría como de obligada inclusión: la de “Me siento vasco y navarro” y la de “Me siento únicamente vasco”. También a título particular considero, aunque al lector le pueda parecer peregrino por cuanto en las últimas décadas ha predominado el escenario absoluta o mayormente dicotómico en relación con las identidades en Navarra, que no sería baladí preguntar por la opción “Me siento navarro, vasco y español”.

De esas cuatro encuestas del CIS se desprende que es la opción compartida en sentido estricto de españolidad y navarridad la mayoritaria. La opción de “tal español como navarro” es en los cuatro casos la mayoritaria: 41,0 por ciento en 1998, 55,1 en 2002, 42,6 en 2005 y 38,9 en 2010. En segundo lugar se ubica la opción híbrida de españolidad y navarridad, aunque con predominio de la segunda: “me siento más navarro que español” registra un 25,2 en la primera fecha, un 20,3 en la segunda, un 26,3 en la tercera y un 30,7 en la tercera. La tercera posición en todos los casos es para la adscripción “Me siento únicamente navarro”, si bien de una relativamente elevada cota de apoyo del 18,5 por ciento en 1998, se asienta en los demás cortes cronológicos en niveles estables del 11,3 en 2002, del 20,5 en 2205 y del 10,4 en 2010. Respecto a las demás opciones concurre un problema: somos de la opinión que los elevados porcentajes de “no sabe” o “no contesta” (del 9,4 por ciento en 1998, del 6,8 en 2002, del 13,4 en 2005 y del 11,8 en 2010) acogen las opiniones de quienes se sienten vascos y navarros simultáneamente o vascos en exclusividad y a quienes los encuestadores no les dan opciones de ubicación. Si esto es así, y hay claros indicios de que lo sea, las opciones en las que se introduce la identidad vasca, en conjunción o no con la navarra, tendrían más arraigo que las de aquellos que solamente se siente españoles o que se sienten más españoles que navarros. Los de sentimiento exclusivamente español eran el 4,3 en 1998, el 2,9 en 2202 y el 2,4 en 2005 y en 2010. Quienes dan preeminencia a su condición española antes que a la de navarros, han ido al alza: el 1,7, el 3,6, el 4,9 y el 5,9 son sus porcentajes respectivos en las respectivas fechas.

Otra encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, la de Uso de lenguas en comunidadesbilingües (II). Navarra. 1998 suma a las opciones de la encuesta anterior (“Me siento únicamente español”, “Me siento más español que navarro”, “Me siento tan español que navarro”, “Me siento más navarro que español”, “Me siendo únicamente navarro”, “no sabe” y “no contesta”) otras dos: “me siento tan vasco como navarro” y “me siento únicamente vasco”. Realizada sobre 449 encuestados, la ordenación, de más a menor apoyo, de los diversos sentimientos identitarios es la siguiente: “Tal español como navarro”, 41,2 por ciento; “Más navarro que español”, 20,5; “Tan vasco como navarro”, 10,0; “Únicamente español”, 5,3; “Únicamente vasco”, 5,3; “Más español que navarro”, 3,3”. Es decir, las opciones monoidentitarias tienen un apoyo muy exiguo (entre el 7,3 por ciento de quienes se afirman como “únicamente navarros” y el 5,3 de quienes se reconocen como “únicamente español” o “únicamente vasco”). Por contra, la identidad compartida al 50 por ciento llega a más de 4 de cada cien, y entre las identidades mixtas asimétricas, la opción navarroespañolista con predominio del primer componente es la opción con la que se identificaba a la atura de 1998 uno de cinco navarros. Aunque para ser estrictamente neutral, la encuesta también debería haber alberdado la posibilidad “más navarro que vasco”, los que se consideran tan vascos como navarros suponían el 10,0. La otra posibilidad de hibridación, la de “más español que navarro” era muy marginal.

Aunque esa última encuesta conoció una primera edición en 1993, no hemos podido acceder a ella por no estar disponible en Internet.

Otros datos sobre las identidades de Navarra pueden encontrarse en los Estudios sobre la actualidad de Navarra encargados por el Parlamento de Navarra (también conocidos popularmente como “Navarrómetros”), aunque solamente en los de 2001 y de 2002. Es reseñable que en las demás ediciones de esta encuesta no constan esas preguntas.

Las opciones identitarias que se consideran en estas encuestas son las de “Sólo Navarro”, “Navarro y Español”, “Navarro y Vasco”, “Navarro Vasco y Español”, “Ninguna de ellas” y “No sabe”. Por lo tanto, no se consideran gradaciones de las identidades compartidas ni tampoco se abre la posibilidad de afirmación para aquéllos que se sientan exclusivamente españoles o vascos. La identificación mayoritaria es la navarro-españolista (44 por ciento en 2001 y 50,2 en 2002). La segunda posición es para la navarrovasquista (21 por ciento en la primera fecha y 19,1 en la segunda). La identificación exclusivamente navarrista es del 18 y del 11,6 por ciento en uno y otro momento. Simultáneamente navarros, vascos y españoles se reconoce el 6 y hasta el 10,2 por ciento de la muestra y el 8 y el 5,1 rechazaba las etiquetes planteadas, asumiendo otras no planteadas.

Otra virtud de esa última encuesta, al menos en la versión de 2001, es la de que permite desagregaciones por edad, merindad y sentido del voto. Por tramos de edades la nota más distintivo es el decrecimiento del sentimiento navarroespañolista conforme descendemos en la pirámide (de apoyos del 50/60 por ciento en los tramos superiores a los 45 años a niveles en torno al 35 por debajo de esa edad) y el aumento de la identidad navarrovasquista entre los más jóvenes (pues es del 31 por ciento entre los 18 a 25 años, del 25/26 entre los 26-25 y 36-45, del 17 entre los de 46-55 y del 11 entre los de más de 56). Las otras opciones registran variaciones menos significativas ya que los que se perciben como sólo navarros se mueven en una horquilla decreciente según la edad de entre el 21 y el 16 por ciento.

Por zonas, el sentimiento de “sólo navarro” se movía en parámetros parecidos del 19/22 por ciento en las Merindades de Olite y Estella y en la Cuenca de Pamplona y bajaba al 12/14 por ciento en las merindades de Pamplona-Resto y de Tudela. Los que autoenunciaban como navarros y españoles eran el 79 por ciento en la merindad de Tudela, el 50 por ciento en las merindades de Olite y Estella, el 42 en la merindad de Sangüesa, el 36 en la Cuenca de Pamplona y el 22 en el resto de la merindad pamplonesa. El sentimiento navarrovasquista llegaba al 41 por ciento en la Merindad de Pamplona descontada Pamplona y su Cuenca, oscilaba entre en 18 y el 24 por ciento en las merindades de Sangüesa y Estella, así como en la capital y su hinterlan, y bajaba al 9 en la merindad de Olite y al 1 en la Tudela.

Por intención de voto el sentimiento navarro-español estaba afianzado en el 73 por ciento de los votantes de UPN-PP, en el 61 de los del PSN y en el 20 de los de IUN. La autoenunciación navarrovasquista era del 83 por ciento en el caso de los votantes de Batasuna, del 72 en los de EA/PNV, del 27 en los de IUN. El sentimiento exclusivamente navarro se daba entre uno de cinco votantes de UPN/PP, del PSN y de IUN. Los partidos más transversales eran IUN y CDN, partidos en donde todas las opciones tenían presencia importante.

Una última encuesta de la que nos haremos eco es la realizada por Eusko Ikaskuntza dentro del estudio Identidad y cultura vascas a comienzos del siglo XXI, realizada en 2002. Aquí las categorías son diferentes y también los resultados: predominantemente navarros se reconocían el 38 por ciento, navarro-españoles el 19, vasconavarros el 15, predominantemente vascos el 10 y predominantemente vascos el 5.

El caso de Navarra sirve para concluir sobre la escasa operatividad de pensar en términos de identidades monocompuestas y monolíticas. Es mucho más realista hablar de identidades híbridas, de identidades compartidas, de identidades superpuestas. Yendo más allá, considerando el curso de vida de los propios individuos y de las propias sociedades, también convendría recurrir a las imágenes de identidades poliédricas, de identidades jerarquizadas de forma no rígida, de identidades cambiantes.

Consecuentemente con ello, es más oportuno asumir enfoques constructivistas y no esencialistas, apostar por las identidades construídas en lugar de por las identidades heredadas, por las identidades cambiantes y como algo que se construye continuamente por efecto de la acción de múltiples agentes en vez de por las identidades fijas, estáticas e inmutables de una comunidad. Reconociendo la posible trascendencia de un sustrato de factores objetivos de diferenciación, sobre él actuarían los procesos de construcción identitaria cultural y política para que una comunidad se identifique como diferenciada (en el caso navarro de manera diversa, según una pluralidad de discursos) y para que sus miembros se perciban subjetivamente como tales y para que un imaginario o diversos imaginarios terminen siendo compartidos por colectivos más o menos amplios de la población.

Tal y como ha sido indicado por numerosos autores, en Navarra coexistirían, con implantación disímil, dos corrientes identitarias, una orientada hacia lo vasco y otra centrado en lo español -en la doble esfera de lo político y de lo cultural-, caracterizándose ambos por hacer compatible con lo navarro su respectivas lealtades. Hoy en día, las mencionadas dobles lealtades siguen siendo, una con mayor presencia que la otra y junto con la de navarro a secas, las etiquetas identitarias preferidas de los navarros, muy por encima de las etiquetas vasco o español. Esa constatación no es atributo exclusivo del presente, ya que, como señalamos, el hecho de la duplicidad de lealtades se asienta con firmeza en nuestra tierra en las dos primeras décadas del siglo pasado, paralelamente a la primera implantación del nacionalismo vasco hacia 1910 y al surgimiento de una corriente reactiva contraria de signo navarrista en los años posteriores. 

La vigencia de esas dos identidades híbridas y superpuestas es tanta que para cada uno de los elementos identitarios emblemáticos para la sociedad navarra se han generado dos versiones por parte de cada una de esas dos formas de ser navarro, conformándose tramas separadas a partir de la asignación de significados diferentes a objetos y aspectos diversos. Pero esa es otra historia.

martes, 12 de marzo de 2013

LA EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA DE LA POBLACIÓN VASCOPARLANTE EN NAVARRA ENTRE 1553 Y 1936.



En esta entrada abordamos la evolución del número de vascoparlantes en Navarra entre mediados del siglo XVI y 1936. Sirviéndonos de las estimaciones realizadas por Erize [Vascohablantes y castellanohablantes en la historia del euskera de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999] en relación con el número de vascoparlantes a la altura de 1863 y de 1936, nuestra aportación se centra en calcular cuántos euskaldunes había en Navarra a mediados del siglo XVIII y hacia 1778. Nuestros cálculos acerca de los vascohablantes existentes en Navarra en esas dos fechas se fundamentan en la consideración conjunta de los límites geográficos del euskara trazados para esos momentos del tiempo a partir de sendos documentos y de diversos recuentos de población realizados en momentos más o menos coetáneos a los años para los cuales se han elaborado aquellos mapas. 

Como es de sobra conocido, la evolución territorial del euskara en Navarra durante la Edad Moderna y durante la Edad Contemporánea ha podido ser reconstruída por parte de diversos autores a través de las fijaciones de diferentes límites geográficos de dicho idioma a lo largo del tiempo basadas en diversos documentos y en encuestas. 

El primer límite geográfico que se suele considerar es del año 1587. Su procedencia es un documento localizado por Manuel de Lecuona [“El euskera en Navarra a fines del siglo XVI”, en Geografía Histórica de la lengua vasca (siglos XVI-XIX), San Sebastián, Auñamendi, 1966, pp. 127-137] en los años treinta de nuestro siglo en la biblioteca del Seminario de Vitoria, datado en aquel año, que contiene una relación de los pueblos del Obispado de Pamplona, agrupándose la porción mayor bajo el epígrafe "bascongado". Interpretando que las localidades clasificadas como "bascongadas" eran vascoparlantes, Lecuona trazó el límite geográfico inferior de la lengua vasca en Navarra en aquella fecha de 1587. No obstante, dicho límite geográfico trazado por Lecuona ha sido corregido en las últimas décadas por autores como Elgoibar, Zubizarreta y Gaminde [Euskararen galera Nafarroan (1587-1984), Pamplona, Pamiela, 1987] o Jimeno Jurío [Navarra. Historia del euskera, Tafalla, Txalaparta, 1987] a partir de la consideración de trabajos puntuales relativos a la utilización colectiva o a la presencia toponímica del euskara en localidades y valles concretos llevados a cabo desde 1933 para aquí por numerosos autores. Hay que decir que esas correcciones llevan la línea dibujada por Lecuona algo más abajo en la parte occidental de Navarra (en cuanto que consideran como vascoparlantes a los valles de Ega, Santesteban y Solana, los tres en Tierra Estella) y más al norte en la parte oriental (en cuanto que consideran no vascoparlantes a la zona de Romanzado, Almiradío de Navascués, Yesa, Sangüesa, Aíbar y Cáseda. 

Asimismo, hay que señalar que Jimeno Jurío ha señalado además en relación con la geografía lingüística navarra en el siglo XVI tres aspectos que creemos son de importancia para nuestro propósito ulterior de calcular la evolución del número de vascoparlantes. El primer aspecto es el de que no había un corte drástico entre la Navarra vascongada y la romanzada porque en ésta última habían euskaldunes inmigrados en situación de minoría demográfica. El segundo es el de que en localidades de tintes urbanos del área vascoparlante como Pamplona o Estella, que originalmente no aparecen en el documento de 1587 como "vascongadas", la mayoría de la población era euskaldún, tal y como notifican diversos testimonios. El tercer aspecto es el de que en la Montaña y en la Zona Media vascoparlantes en los siglos XVI y XVII la mayor parte de la población era monolingüe vascófona y un sector minoritario era bilingüe. 

El segundo límite geográfico de la lengua vasca en Navarra que se suele utilizar corresponde a 1778 y fue trazado por Irigaray [“Documentos para la geografía lingüística de Navarra”, en Geografía Histórica de la lengua vasca (siglos XVI-XIX), San Sebastián, Auñamendi, 1966, pp. 67-103] a partir del hallazgo por su parte en el Archivo Diocesano de Pamplona de un pleito dirimido ante el tribunal eclesiástico entre los "receptores" (es decir, los escribanos que recorrían los pueblos con el fin de tomar denuncias y testimonios) vascongados o vascoparlantes y romanzados o exclusivamente castellanoparlantes en el que se indicaba qué pueblos eran en aquella fecha vascohablantes. 

La tercera representación cartográfica del área vascófona de Navarra corresponde al año 1863 y fue trazada por el Príncipe Luciano Bonaparte hacia 1863 a partir de una encuesta realizada por él mismo. Esta representación tiene la particularidad de informar de los pueblos navarros en los que se hablaba euskara, matizando además en cuáles se estaba perdiendo. Por lo tanto, diferencia las localidades en las que se localizaba la frontera linguística de las localidades más meridionales de máxima intensidad del euskara. 

Asimismo, una cuarta línea se ubica cronológicamente en 1904 y obedece a las informaciones presentes en la "Guía Estadística y Estado del Personal del Obispado de Pamplona", trabajada por Apat-Echebarne [Una geografía diacrónica del Euskara en Navarra, Pamplona, Ediciones y Libros, 1974] y Jimeno Jurío en su obra ya citada. 

Otra línea, la quinta, correspondiente a 1935, fue planteada por Irigaray [“Noticia del estado lingüístico de Navarra en 1935”, Euskera, 1956, I, pp. 41-46] a partir de un trabajo de campo realizado aquel año por ese autor. 

A tenor de esa geografía lingüística, en 1587 el euskara se hablaba en toda la Montaña y en gran parte de la Zona Media de Navarra. 

Posteriormente, en 1778 el límite meridional de la lengua vasca era ya más reducido que dos siglos antes. Estaría situado en los siguientes pueblos: Eulate, Amillano, Bearin, Eguiarte, Artajona, Lumbier, Arboniés y Orradre. En consecuencia, en los dos siglos que median entre 1587 y 1778 el euskara habría abandonado las zonas más meridionales de la Zona Media. 

En 1863, a su vez, la frontera linguística transcurría a lo largo de una línea hipotética que uniría los siguientes pueblos: Ciordia (Burunda), Iturgoyen y Estenoz (Guesálaz), Artazu (Val de Mañeru), Puente la Reina, Garinoain y Orisoain (Valdorba), Izco y Besolla (Ibargoiti), Indurain, Artajo y Mugueta (Urraul Alto), Uscarrés (Salazar) y Burgui (Roncal). Por su parte, las localidades más meridionales de máxima intensidad del euskara serían algo más septentrionales ya que serían las situadas en una línea que transcurriría por Ciordia (Burunda), Iturgoyen, Viguria, Salinas de Oro e Izurzu (Guesálaz), Ibero y Ororbia (Olza), Garrues y Ezcaba (Ezcabarte), Zabaldica (Esteríbar), Beortegui (Lizoain), Arizcuren (Arce), Gallués e Iciz (Salazar) y Vidángoz (Roncal). Por lo tanto, para esta fecha el euskara habría abandonado prácticamente la Zona Media, extendiéndose su ámbito geográfico por la práctica totalidad de la Montaña. 

A la altura de 1904 los pueblos situados en una delgada franja de unos pocos kilómetros al norte de la línea hipotética que unía las localidades más meridionales con máxima intensidad del euskara en 1863 habían también perdido el idioma. En ese momento, las localidades más meridionales que conservaban la lengua eran Ciordia (Burunda), Lizarraga (Ergoyena), Erroz (Araquil), Aristegui, Marcalain y Navaz (Juslapeña), Iroz (Esteríbar), Elia (Egües), Aguinaga e Iloz (Arriasgoiti), Gurpegui y Artozqui (Arce), Elcoaz (Urraul Alto), Güesa e Igal (Salazar), Vidángoz y Roncal (Roncal). 

La línea de 1935, por su parte, coincide con la línea de 1904 si nos fijamos en los pueblos en los que había personas vascoparlantes. Ahora bien, si atendemos a las clasificaciones de localidades que hizo el propio Irigaray de acuerdo con el conocimiento y el uso del idioma por parte de los niños, los mayores de 30 años, los mayores de 50 y los ancianos, comprobaremos que el área lingüística del euskera en Navarra en 1935 se había empequeñecido bastante en relación con la de treinta años antes en cuanto que en el valle del Roncal y en muchos o algunos pueblos de los valles de Salazar, Aézcoa, Erro, Esteríbar, Anué, Atez, Odieta, Olaibar, Ulzama, Gulina y Araquil el euskera era hablado por los tramos de edades superiores. 

Por lo tanto, en cuanto a su extensión geográfica la lengua vasca en Navarra ha perdido progresivamente terreno desde el siglo XVI hasta la actualidad, trasladándose su frontera meridional cada vez más al norte. De ocupar casi dos tercios (toda la Montaña y la mayor parte de la Zona Media) de Navarra en 1587, ocuparía un tercio en 1863 y 1935 (la casi totalidad de la Montaña en la segunda fecha, algo más en la primera, comprendiendo en ésta las cuencas prepirenaicas). 

No obstante, a pesar de ser la evolución de la extensión geográfica del área vascófona sumamente elocuente de por sí, pensamos que la aproximación a la evolución del número de vascoparlantes a lo largo del tiempo nos permite medir con una más alta precisión la presencia social del euskara en las distintas fechas. Hemos reconstruído el número de vascoparlantes existente en Navarra hacia mediados del siglo XVI y a finales del siglo XVIII por medio del apeo de fuegos de 1553 y del censo de Floridablanca de 1786 respectivamente. Para realizar dicha reconstrucción nos hemos topado con un cierto número de problemas que hemos solventado de la forma más razonable posible. En primer lugar, dado que el apeo de fuegos de 1553 es un recuento de población por unidades familiares, y no por individuos, hemos llevado a cabo cálculos de conversión del número de fuegos al de personas fundamentados en diversos estudios demográficos que hicimos hace más de veinte años. En segundo lugar, hemos considerado vascoparlante al 100 por cien de la población de las zonas vascófonas ya que, según señala Jimeno Jurío en referencia al siglo XVII y tal y como se comentó más arriba, ésa sería la situación en la Montaña y en la Zona Media vascófonas. No obstante, hemos de aclarar que en el caso de algunos núcleos urbanos como Pamplona y Estella barajamos la hipótesis de que la población vascoparlante en el siglo XVI equivaliera, de acuerdo con los datos proporcionados por Jimeno Jurío, al 75 y al 25 por ciento respectivamente. De acuerdo con esos supuestos hacia mediados del siglo XVII la población vascoparlante de Navarra estaría formada por unos 97.000 individuos. Como es obvio, en esa estimación nos olvidamos de la más que posible presencia de una minoría vascoparlante en el resto de Navarra, posibilidad cierta acreditada por Jimeno Jurío que hacen referencia a que en Tafalla, Olite, Sanguesa y por toda la Ribera habían minorías vascoparlantes, a veces no tan minoritarias, formadas por personas inmigradas del norte. Con todo, señalaremos que en el caso de que esa minoría alcanzara a equivaler al 2,5 por ciento de la población total del área no vascófona, el total de vascoparlantes se incrementaría hasta los 98.250. 

En lo que respecta a la fecha de 1778, hemos empleado los siguientes supuestos. Por un lado, la posible existencia de gente no vascófona en las zonas consideradas como vascoparlantes (o, al menos, en las zonas más meridionales de las vascoparlantes y en la capital Pamplona) ha conllevado jugar con dos hipótesis: una en la que el 100 por 100 de la población de la zona vascófona era vascoparlante y otra en la que el porcentaje de población vascoparlante en las zonas más meridionales de la zona considerada como vascófona (esto es, en las localidades de la Navarra Media) se limitaba al 80 por ciento, proporción ésta que nos parece la mínima razonable a tenor de las informaciones presentes en la bibliografía. Asimismo, consideramos a la población vascoparlante pamplonesa como equivalente a la mitad de la total de la ciudad. Con todo ello, las cifras resultantes de vascoparlantes hacia 1778 oscilarían entre un máximo de 123.000 y un mínimo de 118.000. 

Por lo que concierne a las fechas de 1863 y de 1936, Erize habla de 90.344 vascohablantes en la primera fecha y de 60.724 en la segunda. 

Bajo todo ello, en 1587 habría unos 97.000 vascoparlantes en Navarra sobre una población total de 150.000 personas, es decir, el 64,7 por ciento. En 1778 los vasconhablantes serían 121.000 sobre un total de 227.000, esto es, el 53,1 por ciento. Los 90.344 euskaldunes de 1863 supondrían el 30,1 por ciento de la población navarra y los 60.724 de 1935 equivaldrían a una proporción del 17.0 por ciento. El crecimiento absoluto (consecuencia del crecimiento demográfico generalizado registrado entre 1553 y 1786) del número de vascoparlantes no tuvo un efecto paralelo en términos relativos: la proporción de población vascófona sobre el total de la población navarra descendió desde, más o menos, un porcentaje de unos dos tercios a uno situado unos 10 enteros por debajo. Con todo, de estas cifras absolutas y relativas correspondientes a 1587 y a 1778 cabe destacar dos aspectos. El primero, es el de que durante la Edad Moderna Navarra fue el territorio histórico vasco con un contingente mayor de vascoparlantes. Para hacernos una idea, Guipúzcoa y Vizcaya (territorios en donde el número relativo de vascoparlantes sería elevado, especialmente en el primero en el que se acercaría al 100 por 100, no así en el segundo en el que había zonas como las Encartaciones tan castellanas como la Ribera de Navarra) contaban con unos 70.000 habitantes hacia 1587 y unos 120.000 en 1786. El segundo aspecto es el de que los porcentajes de población vascoparlante no eran en 1587 y 1778 nada desdeñables. 

Más allá de 1778, contrariamente a lo acontecido en el periodo anterior en el que solamente tuvo lugar a nivel porcentual y no a nivel de cifras absolutas, la regresión de la población euskaldun en Navarra es un hecho tanto en términos absolutos como en términos relativos, produciéndose además con una gran intensidad, bastante más aguda que la de la regresión registrada en la Edad Moderna. Hacia 1863 totalizaba un contingente de unas 90.000 personas lo que venía a suponer algo menos de un tercio de la población total. 

En vísperas de la guerra civil, los euskaldunes navarros eran sólo unos 61.000, el 17 por ciento de la población total. 

Más allá de los datos, en relación con los factores que intervinieron en el retroceso histórico del euskara en Navarra, creemos bastante acertada la opinión formulada por Campión en un artículo de 1876 de que el retroceso que sufría la lengua vasca obedecía a las siguientes cuatro causas: la "facilidad de las comunicaciones", el "contacto de los pueblos vascongados con dos nacionalidades ilustres", "la enseñanza exclusiva en las escuelas del idioma castellano" y el "abandono del vascuence por las clases superiores de la sociedad eúskara". 

La influencia de la "facilidad de las comunicaciones" es evidente si pensamos que las zonas geográficamente más abiertas y de llanura registraron un retroceso anterior que los espacios de montaña y de acceso más difícil. Asimismo, se hace evidente también desde la perspectiva que el descenso del número de vascoparlantes en Navarra se agudizó conforme la revolución de los transportes fue haciéndose más intensa. Ligado con este factor estaría la influencia del proceso de cambio económico y de transición migratoria. 

Del "contacto con dos nacionalidades ilustres" tampoco hay mucho que hablar. Hacía falta un altísimo grado tanto de protección hacia el euskara como de concienciación lingüística para que en el choque con una lengua tan expansiva y vigorosa desde diversos ángulos desde la Edad Moderna como la castellana, la lengua vasca no saliera perjudicada. 

Acerca del impacto del uso exclusivo del castellano en las escuelas, señalaremos que, tal y como ha recordado Jimeno Jurío en el retroceso del euskara a partir de 1750 tuvo mucho que ver la intensificación y la secularización del proceso de escolarización efectuado en castellano. Hay que recordar que un decreto de Carlos III de 1768 ordenaba que la enseñanza de primeras letras se hiciera en lengua castellana y que la ley 41 de las Cortes de Navarra de 1780-1781 impulsó la enseñanza obligatoria en castellano en las escuelas, regulando posteriormente las Cortes navarras de 1794-1795 la asistencia a las mismas. Asimismo, hay que tener en cuenta que el uso del euskara por parte de los niños en la escuela fue castigado, tal y como muestran ejemplos de Aoiz y de Yerri de finales del siglo XVIII. También ligado con todo ello se encuentra la circunstancia de que el Real Consejo de Navarra prohibió en 1766 la impresión de libros en lengua vasca. Con todo, a pesar de que creemos que esta cuestión merecería un estudio pormenorizado mucho más hondo de las noticias que proporciona Urmeneta en su estudio sobre las actitudes y actuaciones ante el euskera en Navarra entre 1876 y 1919 [Pamplona, 1997], no resulta ocioso recordar que hasta las últimas décadas la lengua vasca en Navarra no ha tenido una presencia académica reglada. 

En cuanto al "abandono del vascuence por las clases superiores de la sociedad eúskara", creemos que puede aceptarse la hipótesis de que, por lo general, el abandono de una lengua por las masas populares no es algo que de por sí salga de éstas, sino que responde a determinados posicionamientos valorativos negativos asumidos por el conjunto de la sociedad, pero que en última instancia provienen de sus élites. En base a dichos posicionamientos valorativos negativos hay que señalar que, si bien existía una normativa legal que exigía a los escribanos y a los funcionarios de la justicia civil el conocimiento y el uso del euskara en sus relaciones con los navarros vascoparlantes en aquellas localidades catalogadas como vascófonas, el castellano gozaba del prestigio de la lengua culta escrita que era propia de las autoridades civiles y eclesiásticas y que era utilizada en los actos públicos y oficiales, en los tribunales de justicia, ayuntamientos, parroquias, centros escolares y protocolos notariales. 

Tal y como recuerda Erize, desde la Baja Edad Media cuando menos, es decir, desde cuando era un reino absolutamente independiente, “Navarra ha sido una sociedad conformada y estructurada por la comunidad romance o castellanohablante y las instituciones navarras han funcionado con una condición muy precisa de integración social: saber castellano. Quien no hablara castellano quedaba automáticamente marginado de la vida oficial navarra y reducido al ámbito de la vida cotidiana de su localidad, o a circuitos no institucionales”. Asimismo, el mismo autor, basándose en Ciérbide, ha subrayado que “De la mano de las instituciones del Reino, el romance navarro fue la lengua de la administración casi única en todos los niveles institucionales -Fueros, Corte, villas y pueblos, Iglesia- durante los siglos XIII, XIV y XV, hasta que, progresivamente, quedó confundido con el castellano”. 

Con posterioridad a la conquista de Navarra por las tropas castellanas, desde el punto de vista lingüístico, se habría producido un cambio cualitativo en cuanto generaría una mayor valoración de la lengua exógena en razón de la voluntad homogeneizadora de las nuevas autoridades. Según advierte Jimeno Jurío, en el siglo XVIII, con los Borbones, la política de las máximas autoridades del reino tomó ya un giro explícitamente antieuskérico. Como ya se dijo más arriba, en 1766 se prohibía la publicación de obras en euskara y en 1781 el legislativo navarro asumía el mandato real de 1768 de enseñar el castellano en las escuelas. 

No obstante, en nuestra opinión también habría que responsabilizar a las élites autóctonas gobernantes del territorio (que serían bilingües vascocastellanas o monolingües castellanas) de la situación de la lengua vasca en Navarra durante la Edad Moderna por cuanto no ejercieron ninguna acción protectora. Por otra parte, también habría que recapacitar en la circunstancia de que la aceptación exclusiva del castellano como idioma oficial podía constituir en los siglos XVI, XVII y XVIII (cuando el euskara era hablado por más de la mitad de la población navarra) un mecanismo de discriminación que favoreciera la ocupación oligárquica del poder local por parte de las élites bilingües vascocastellanas o monolingües castellanas sin apenas obstáculos frente a una gran parte de la población que desconocía aquella lengua. 

Más allá de 1841, cuando Navarra pasa a convertirse en una provincia del Estado liberal español dotada con una autonomía administrativa y tributaria (pero perdiendo absolutamente sus aduanas, así como sus Cortes y sus tribunales), el euskara siguió sin adquirir rango de lengua oficial y sin conseguir status de idioma escrito, todo lo cual coadyuvó en el proceso de su retroceso que, según vimos, se aceleró en esta etapa histórica. A pesar de que la acción de la Asociación Euskara, surgida en 1877 y en la que figuraban nombres relevantes como Arturo Campión, Juan Iturralde y Suit, Estanislao Aranzadi, Hermilio Olóriz, Florencio Ansoleaga, Nicasio Landa, etc., ocasionó, junto por otros factores, que durante el último cuarto del siglo XIX se expandiera una fuerte corriente de opinión en favor del euskera y de lo vasco, las posturas de la administración foral en relación con la lengua en ese momento histórico no registraron una variación sustancial, no conformándose ninguna política lingüística activa mínimamente eficaz. Llegados a este punto, también habría que mencionar que la vascofilia de la derecha tradicional navarra era de carácter esencialmente retórico por cuanto ello era un arma contra el liberalismo y las izquierdas que casi nunca se concretó en hechos puntuales que tuvieran una incidencia real en el tema que nos ocupa. 

Asimismo, queremos llamar la atención sobre el papel jugado por el clero en el retroceso histórico del euskara en Navarra. En un principio, en los siglos XVI y XVII la Iglesia desarrolló un papel positivo ya que, con el fin de impulsar la instrucción religiosa de los feligreses ordenada por las reformas tridentinas, los visitadores eclesiásticos urgían a los párrocos de los pueblos en los que la población vascoparlante fuera mayoritaria a desarrollar su labor pastoral en vasco y los obispos ordenaban a los curas el uso de esa lengua en la catequesis. Con todo, en el mismo siglo XVII se detecta que en las parroquias de los centros urbanos y semiurbanos como Pamplona, Sangüesa, Tafalla, Estella, Olite, Aoiz o Lumbier se dejó de predicar en euskara. Más adelante, entre los curas nacidos en la Navarra vascoparlante se difundiera el uso del castellano, haciéndose entre algunos de ellos más cómodo el uso de ese idioma en las labores pastorales. Además, la acción de predicar en castellano también se veía incentivada por la cortedad del número de los textos religiosos en vasco existentes y la multitud de los escritos en castellano. Posteriormente, a la altura de 1935, tanto Irigaray como Mocoroa enjuiciaron que una de las principales causas del retroceso de la lengua vasca en Navarra fue el haber dejado de ser utilizada en la catequesis y en las labores pastorales en algunas zonas de Navarta. 

A pesar de la importancia de todos los factores mencionados hasta ahora, creemos que también sería necesario ahondar en el peso de otros. Creemos que sería interesante profundizar en el peso de las estructuras socioeconómicas de las comunidades locales, así como en las valoraciones que en las mismas se realizaba de la lengua primigenia y que podían incidir en una mayor o menor lealtad lingüística para con ella, para así poder valorar algo más acertadamente por qué en algunas el euskara se mantuvo y, en otras, en cambio se abandonó. También sería importante adentrarnos en el mundo de las estrategias familiares para así poder calibrar cuáles eran las respuestas formuladas desde la propias familias vascoparlantes, y de los individuos que las integraban, en la esfera de lo idiomático en el momento en que debían de afrontarse procesos de alfabetización de forma mediana o altamente masiva e intensa como los constatados en Navarra a partir de finales del siglo XIX, así como procesos de emigración ingente como los registrados desde mediados de la misma centuria.

sábado, 2 de marzo de 2013

Y LA IRA DE AQUÍ LLEGÓ HASTA ALLÍ. PARTICIPACIÓN NAVARRA EN LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN GUIPÚZCOA EN 1936.


La celebración el domingo 3 de marzo de un acto de homenaje en Bera a los fusilados de y en esa localidad nos ha inspirado esta entrada. Como ya apuntamos en la entrada inmediatamente anterior, la cantera de Bera fue el lugar de Navarra donde se produjeron más fusilamientos, debiendo de constituir un lugar de la memoria fundamental de la represión franquista durante la guerra civil en Navarra. Por otra parte, como quiera que los fusilados allí fueron traídos de cárceles y de centros de detención ubicados en Guipúzcoa, queremos profundizar en dos aspectos apuntados al final de aquella entrada: el de la participación física de navarros en dichas sacas de guipuzcoanos o de residentes en Guipúzcoa desde los centros de detención donostiarras y el de la existencia de un discurso intelectual desde la prensa navarra de legitimación y de aliento a aquélla. 

Con posterioridad a la toma de San Sebastián el día 13 de septiembre y durante ese mes y los dos meses siguientes se producirían las cifras más altas de asesinatos por parte de los ocupantes franquistas. Si entre julio y septiembre los franquistas asesinaron en Guipúzcoa a unas 150 personas, muchas de ellas tras la entrada en Beasain, Oyarzun y Tolosa, en octubre fueron fusilados otras 150 y en noviembre unas 90 personas. De 25 fusilados en diciembre se pasó a una decena de fusilados al mes en los meses siguientes, con oscilaciones al alza en algunos de ellos, pero sin superarse nunca la treintena de asesinados mensuales. 

La participación navarra en las labores de depuración está acreditada desde el inicio. Dos días después de la conquista de la capital guipuzcoana, Diario de Navarra informaba el 15 de septiembre de 1936, en la página 7, que “Ayer tarde salieron para San Sebastián los guardias de Seguridad de Pamplona para prestar allí sus servicios mientras se depuran las responsabilidades de los que estaban en la capital de Guipúzcoa”. Por otra parte, el 16 de septiembre, en la página 1 de Arriba España aparece una foto sumamente elocuente en la que el jefe territorial de la Falange en Navarra José Moreno [alias Pepe Perla] y el camarada Gregorio Apesteguía jefe territorial de las Milicias presenciaban el desfile de las tropas en San Sebastián. De ambos se ha mencionado su pertenencia a la Escuadra del Águila de Pamplona, de la que ya hablamos en una entrada anterior referida a uno de sus líderes, Galo Egües Cenoz. 

También disponemos de informaciones de la presencia de navarros como guardianes de los centros de detención existentes. Además de las diversas prisiones oficiales existentes, entre las que destacaba la cárcel de Ondarreta, falangistas y carlistas tenían sus propios centros de detención: existía una checa falangista en el Café Opera en el Boulevard y había una prisión carlista en la calle Fuenterrabía. 

Acerca de la mencionada checa falangista disponemos del testimonio del doctor Manuel Gabarain, autor del libro Así Asesina Falange. Una celda de condenados a muerte en un cuartelillo de Falange Española de San Sebastián, del que existen dos ediciones, ambas de 1938, una de Paris y otra de Buenos Aires. Gabarain habría estado preso entre el 1 y el 12 de octubre. Aunque primero pensaron en llevarlo “a la prisión del cuartel general de la Falange sito en el edificio del Círculo Easonense”, finalmente los falangistas le condujeron a “un cuartelillo de barrio”, establecido “en el local del que fue Café de la Ópera y antes Camisería de Olave en pleno boulevard. Era una especie de oficina privada que los falangistas de San Sebastián habían montado para el servicio de sus particulares venganzas”. Gabarain habla de los falangistas como de “cobardes en el frente” y “concienzudos asesinos en la retaguardia” que “desde el primer momento montaron en todas las ciudades estos cuartelillos, verdaderas agencias de asesinatos, instrumento perfecto para el ejercicio del terror sistemáticamente decretado desde arriba”. Califica al falangista como “el asesino cobarde de la retaguardia, el infra-policía, el degenerado capaz de elevar a la categoría de valores morales los más bajos instintos humanos”. Los diez compañeros de celda de Gabarain fueron “bestialmente flagelados” por “un tal Manterola, industrial electricista, cojo, hombre de gran crueldad que tenía siempre al alcance de la mano un vergajo y en cuanto un detenido no contestaba le sacudía un vergajazo en la cara o donde buenamente diese”. Según Gabarain, casi todos los guardianes “mostraban una maldad estúpida”, castigando a los prisioneros sin comer y como éstos estaban “en una bodega húmeda y llena de rendijas, resultaba un verdadero tormento el dormir en el suelo”. El detenido se refiere asimismo a las requisas generalizadas que “eran verdaderos robos a mano armada” ya que “los falangistas entraban en las casas y se llevaban lo que querían por el terror sin que hubiese que soñar en indemnizaciones”. De las diez personas que estaban en la celda, sólo tres se salvaron de ser asesinados, Gabarain inclusive, éste último tras hacerse pasar por loco de forma convincente. 

Pues bien, Gabarain asegura que los centinelas de la checa de la falange “eran, por lo general navarros de la Rivera que, como es sabido, suelen ser gente belicosa, muy dada a discutir y siempre presta a tirar navaja. Más de la mitad debían ser de Mendavia”. En la valoración que el médico donostiarra hace de los riberos se observan ecos de Baroja, quien repetidamente a lo largo de toda su vida no dejó de describir de forma muy crítica a las personas del sur de Navarra. Se puede intuir que Gabarain sería un ferviente barojiano a tenor de la identificación que hace de sí mismo como “un auténtico liberal, un verdadero <<chapelaundi>>”, empleando semántica acuñada por aquel escritor. 

Por otra parte, hemos encontrado rastros de la presencia de navarros concretos en labores de vigilancia al servicio de los requetés o de los falangistas en las sedes y oficinas que una y otra milicia tenían en San Sebastián. Mientras las sedes principales de FE se encontraban en las oficinas del Círculo Easonense en el número 1 de la Alameda del Boulevard y en el convento de San Bartolomé, el Cuartel General carlista se instaló en el Casino Kursaal y poseía oficinas en otros lugares de la ciudad. En nuestras investigaciones hemos encontrado testimonios como el de un cascantino falangista que, tras actuar “en el cuartel de la Guardia Civil” de su ciudad natal, “pasó a incorporarse al Cuartel de falange de San Bartolomé de San Sebastián, sirviendo en la ronda secreta”. También un larragués falangista “tomó parte en las operaciones del frente de Guipúzcoa, hasta Beasain; de guarnición en el fuerte de San Cristobal (Pamplona) y en el Cuartel de Falange de San Bartolomé, de San Sebastián”. Asimismo, un requeté de Los Arcos, el 15 de septiembre de 1936 se incorporó al cuartel de requetes de San Sebastián “donde prestó servicios de guardia y vigilancia” hasta febrero de 1938. 



En cuanto a la participación de navarros en labores ejecutoras, contamos con un valioso testimonio: el de José de Arteche en El Abrazo de los Muertos, obra autobiográfica publicada en la que el autor, nacionalista que tuvo que enrolarse en un tercio carlista en noviembre de 1936, narró sus peripecias personales en la guerra civil. Arteche habla un requeté de la Ribera que identifica como Ch... y que le habría contado que en el primer día de la sublevación mató “en connivencia con un cabo de la Guardia Civil” “personalmente a un rojo en quien quería vengar un agravio personal” y que “luego estuvo en el frente de Oyarzun, y tomado San Sebastián, perteneció a la escuadra negra como él dice”. El mencionado Ch... contó a Arteche “bastantes detalles de los fusilamientos“ que tuvieron lugar entonces, en septiembre y octubre de 1936: “El despojo por los del piquete de cuantos objetos valiosos tuviesen los condenados, tan pronto éstos trasponían las puertas de la prisión. La confesión de los sentenciados, de pie, ya junto al paredón, vigilados hasta en aquel momento por uno del piquete arma al brazo. El borbollear producido por el escape del pulmón atravesado, en los fusilados que aún respiraban. La larga hilera que cae derrumbada, excepto uno en el extremo de ella porque el piquete a pesar de su número no alcanzaba para todos, y las palabras irremisibles al desgraciado que, viéndose él solo de pie al lado de los compañeros caídos, alumbró quizá en un momento, un fulgor de esperanza: -Ahora te toca a ti-. El hombre obligado a alumbrar con un farol la silueta de los condenados que los piquetes poco numerosos determinaban matar uno a uno para ahorrarse la labor de los tiros de gracia”. Arteche dedujo por los detalles que le ofreció un día el mencionado Ch... que éste había participado en el fusilamiento de un amigo sacerdote de aquél. Antes de la caída de Bilbao, Ch... comunicó a Arteche que tras la toma él se apuntaría “otra vez en la escuadra negra” y “si hay que fusilar dos mil, pues se fusilan dos mil. Los que sean”. 

Por cierto, al hilo de la mención que Arteche hace de una escuadra negra, hay que recordar que durante la segunda semana de septiembre habría estado en San Sebastián la Escuadra Negra de la Falange de Tudela, constituída por seis tudelanos, de la que ya hablamos en otra entrada anterior, y que según un reportaje publicado en la página 8 del Diario de Navarra de 16 de octubre de 1936 eran los escoltas personales del general Sagardía. La columna de dicho general no partió de la capital donostiarra hasta el 1 de octubre y no llegó al norte de Burgos, donde aquellos tudelanos fueron entrevistados, hasta diez días más tarde. Los miembros de dicha escuadra tudelana, según dicho reportaje, “desde las primeras horas del movimiento libertador de España, se pudieron al lado de quienes defendían a la Patria en peligro; y con una diligencia digna de ejemplo fueron -en su misma ciudad- limpiando de elementos peligrosos el camino del triunfo". "Luego ampliaron su radio de acción a los otros pueblos de la Ribera y de Rioja y por último, enrolados en las formaciones que iban a luchar contra los marxistas y nacionalistas guipuzcoanos" se dice que "entraron los primeros en Tolosa (es decir, el 11 de agosto), tomaron al asalto al Buruntza (es decir, hacia el 28 de agosto), llegaron en cabeza a Guadalupe y a Irún (es decir, el 4 de septiembre)", siendo sus hazañas la causa de que Sagardía les hubiera "designado para formar su guardia personal". Con semejante trayectoria resulta verosímil pensar en que habrían estado involucrados en labores de limpieza en las localidades guipuzcoanas conquistadas a lo largo de esos meses, toda vez que esa presunción queda avalada por los comentarios del requeté citado por Arteche. 

Por supuesto, también habría que hablar de ejecutores autóctonos guipuzcoanos, y de otras partes del Estado (entre ellos, el aristócrata, escritor, actor y bon vivant José Luis de Villalonga) como los que citan los autores del volumen colectivo El otoño de 1936 en Guipúzcoa. Los fusilamientos de Hernani (Irún, Alberdania, 2007). 

Aparte de todo lo anterior, también hay que referirse a los artículos publicados en la prensa navarra que animaban a la puesta en práctica de acciones depuradoras en los territorios guipuzcoanos recién conquistados. 

En Diario de Navarra del sábado 1 de agosto de 1936 Eladio Esparza, subdirector de dicho periódico y uno de los ideólogos de la sublevación y hombres fuertes de la nueva situación, elaboraba el siguiente relato en relación con los combates que los navarros estaban protagonizando en Guipúzcoa junto con los militares sublevados: “Los navarros no han ido a conquistar Guipúzcoa; no es esto una guerra civil ni una guerra de conquista. Esto es una lucha contra un plan infernal de exterminio que estaba en vías de ejecución, bien pertrechado y organizado terriblemente. Esto es una guerra de salvación contra unos forajidos que estaban dispuestos a la más cruel matanza y al terror más espantoso. Y si Navarra ha invadido la tierra de Guipúzcoa –solar de San Ignacio-, ha sido para repeler una de las alas más siniestras de ese terror que estaba incubado en aquellos valles que lindan con los nuestros. ¡No nos íbamos a dejar cazar como unas ratas!. Y ésta es la razón de que nuestros voluntarios estén combatiendo en Guipúzcoa, razón de cristiandad, razón de civilización, razón de vida!”. Y seguidamente se lamentaba de la incomprensión de los nacionalistas ante la actitud del voluntariado franquista navarro: “Y no se ha levantado en Guipúzcoa una voz que clame, ni siquiera aquellas voces que clamaron a favor del estatuto cien veces maldito! No se ha levantado más que la voz de la metralla y de la furia contra la sangre de nuestros muchachos!”. Todo ello le valía para pedir que la Diputación dejara de subvencionar a la Sociedad de Estudios Vascos por su silencio cómplice ante la muerte de navarros en el frente y por “encubridora del separatismo”. 

A la semana siguiente, el día 8 de agosto, el mismo comentarista volvería a incidir en los mismos argumentos tanto en Arriba España como en Diario de Navarra: “Y cuando Navarra vió que de Guipúzcoa (…) llegaban los forajidos por Endarlaza hasta Vera, llevando al viento como primera bandera la bandera nacionalista –porque esto es verdad- entonces fue Navarra a Guipùzcoa como fue a Zaragoza, como fue a Huesca y Jaca como fue a Somosierra, porque Navarra no tiene límites ni tiene número como no lo tienen los cruzados ni los héroes ni los mártires; fue a Guipúzcoa donde el forajido le atormenta cuando puede y el que no es forajido lo desampara [sic] cuando puede!”. “He ahí lo que Navarra ha encontrado en Guipúzcoa: soledad para su corazón y metralla para su carne”. 

El 15 de septiembre Arriba España publicaba una poesía de Nicolás Irurzun titulada “En la yacija del amor. Gozo en la ciudad del mar” con versos que aúnan violencia y machismo, y pueden leerse de forma ciertamente chirriante, al referirse a la conquistada Guipúzcoa y a los conquistadores navarros: “Porque fuiste pequeña, hermosa y fuerte, como mujer difícil, ¡oh Guipúzcoa! agradaste al pueblo navarro/ Le repudiaste. Pero él te conocía y no te olvidaba en su amor/ Se lanzó sobre ti y te impuso por la fuerza su coyunda cariñosa/ El gozo del Mar, de las Lanzas y del Imperio que brota en tu horizonte brilló a sus ojos/ Alegría de sol y de fuerza en tu frente conquistada/ Eras nuestra. Al vibrar de los clarines, preludio de la España nueva celebraremos contigo el día feliz de nuestra boda/ (…) Esfuerzo de héroe fue el esfuerzo de quien rompió tus vínculos de amancebamiento con el deshonor. Pero poco esfuerzo para quien está acostumbrado a quebrar más gruesas cadenas/ (…) Y cuando la España Grande te señale y aplauda como una de sus hijas predilectas, tú trasladarás ese aplauso, ¡oh Guipúzcoa! a tu esposo el pueblo navarro que fue tu vencedor, tu maestro y tu mejor amante”. 

Al día siguiente Eladio Esparza en artículo publicado en Diario de Navarra con el título “Del frente guipuzcoano” advertía en contra de actitudes clementes. Decía: “El ambiente callejero de San Sebastián me agrada mucho. Lo creo espontáneo, satisfecho, nuestro! Se vitorea a Navarra con entusiasmo, con alegría, con satisfacción. Pero en otras esferas encuentro muchos reservones. Posible es que los dedos se me antojen huéspedes, pero también es posible que a muchos donostiarras se les antoje que aquí no ha pasado nada. ¡Y aquí ha pasado mucho cadáver!”. En el mismo número de Diario de Navarra, junto a una relación de los muertos identificados enterrados en el cementerio de Polloe desde el 19 de julio de 1936, según copia sacada de los registros del cementerio, se decía: “Como verán nuestros lectores por la precedente fúnebre lista, figuran en ella no pocos navarros y otros que sin serlo estaban vinculados a Navara por lazos de parentesco y afecto. Los hay militares y paisanos, hombres dignos, caballerosos y honrados cuyo infame sacrificio pesará sobre [sic] una losa sobre las conciencias de los que llamándose católicos no los han evitado”. Un comentario que apelaba a la venganza y al ojo por ojo. 

En la misma línea, el periódico falangista Arriba España el 27 de septiembre Álvaro Cruzat abogaba por la mano dura contra los guipuzcoanos en un artículo titulado “Buscando la impunidad”. En él se dice: “Lo que verdaderamente clama al cielo, es que en esa provincia [habla de Guipúzcoa] en que tan a las claras se ha demostrado su desafecto a España; en donde han sido fusilados unos centenares de hombres cuyo delito era amar a su patria; en donde se ha destruído y saqueado cuanto se ha tenido por conveniente; llegado el momento de hacer una ejemplar justicia, <<cosa que en otras provincias donde no ha habido esos excesos ya se ha hecho>>, estamos viendo, con verdadera sorpresa, cómo en San Sebastián y su provincia se les está concediendo un trato de excesiva contemplación”. 

Y es que, además de la represión desatada por quienes apoyaron la sublevación contra los afiliados y simpatizantes de otras formaciones en la propia Navarra, existe otra dimensión de la actuación de los primeros que no suele ser excesivamente tenida en cuenta por la opinión pública navarra: las acciones de castigo y represalía emprendidas contra los adversarios político-ideológicos fuera de Navarra. Aunque por diferentes motivos, entre ellos el interés de los diferentes sectores del nacionalismo vasco por no remover el tema para no herir susceptibilidades en Navarra, sobre esa cuestión se ha corrido un velo más que tupido, de cualquier forma, conviene recordar que desde el primer momento la entrada en Guipúzcoa de las tropas regulares y de los voluntarios navarros estuvo acompañada de una elevada agresividad. La toma de Beasain el 28 de julio por las tropas del teniente coronel Cayuela y por requetés se saldó con el fusilamiento ese mismo día de 37 personas, entre ellas 7 guardias civiles y varias personas de derechas que habían intentado interceder, saqueándose previamente, con el permiso de la oficialidad, las viviendas abandonadas pertenecientes a personas afines a la República. Tras la toma de la loma de Pikoketa cerca de Erlaitz el 11 de agosto 40 milicianos de ambos sexos serían fusilados, previa violación y corte de pechos de las milicianas. Los fusilamientos de personas guipuzcoanas o residentes en Guipúzcoa del verano y otoño de 1936, dada la elevada presencia de navarros en el frente, indicarían por lo tanto, que la violencia registrada dentro de Navarra también fue llevada fuera de nuestro territorio, exactamente con los mismos tintes desaforados e inmisericordes.